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domingo, 1 de agosto de 2010

Dos años de crisis.¿Cuanto mas? (El Correo 01.08.10)

Dos años de crisis:¿Cuánto mas?

Manfred Nolte

Al término de la primera victoria militar británica sobre Alemania en la segunda guerra mundial, en ‘El Alamein’, Egipto, Winston Churchill alertó severamente contra el optimismo excesivo. “Esto no es el final”-advirtió-“ni siquiera el principio del fin. Tal vez, si acaso, el fin del principio”.

Desde un preceptivo contexto de prudencia sorprende la aseveración de las grandes Instituciones multilaterales (FMI, BM, OCDE) que aventuran el final de la crisis 2008-2010 sugiriendo que el mundo se encamina decididamente hacia la recuperación.

No es ese el diagnóstico que delata el rostro del enfermo. Una ansiedad general e incontenida es la reacción mas visible ante la perspectiva de una larga etapa de crecimientos muy moderados, la impasibilidad o impotencia estructural ante el terrorífico problema del paro e incluso la réplica de una ‘década perdida’ al estilo japonés. Algunos síntomas aislados apuntan a dolencias aun mas preocupantes como la deflación que puede albergarse bajo la oleada de austeridad presupuestaria que se ha desbordado recientemente sobre la UE.

Como reacción a unas circunstancias patéticas, se observa una tendencia general en los particulares por demorar el consumo y ahorrar, y en todos los deudores, sean economías domésticas o empresas, por desapalancar posiciones y hacer frente a las cuantiosas deudas contraídas en la fase de expansión. Ello contribuye a contener los precios y aun reducirlos , creando una espiral de menor demanda y producción aumentando el valor real de las deudas, agravando aun mas la recesión. Una inflación a la baja incrementa los tipos de interés reales agudizando las posiciones deudoras.

Colapsos sectoriales de enorme trascendencia patrimonial como el de la propiedad inmobiliaria o los activos bursátiles descubren a los agentes económicos las traicioneras ventajas de un marco deflacionista. Bajo una tónica de aversión al riesgo, se generaliza un sentimiento ‘bajista’, a la espera de oportunidades futuras a precios mas favorables.

En Estados Unidos de América, el ‘Libro Beige’ se muestra cauteloso. Caen la confianza del consumidor, las ventas minoristas y la transmisión de viviendas. El índice de precios al consumo se redujo en junio por tercer mes consecutivo. Crece el PIB del segundo trimestre un 2,1% aunque por debajo del consenso del 2,5-3%. Desafortunadamente también crecen los inventarios y el número de préstamos fallidos. Un reciente informe demuestra que la economía americana no recuperará los empleos perdidos en la crisis hasta 2014. La tasa de paro no registrará los valores pre-recesión hasta 2021.

Eric Rosenberg, alude al “enorme exceso de capacidad de la economía USA que puede conducir a la desinflación”. Para el presidente Bernake, “los riesgos del crecimiento están ponderados a la baja”, lo que en el lenguaje de la FED descuenta importantes incertidumbres inmediatas.


En Europa las cosas no lucen mejor. La inflación se sitúa en el 0,7% (a/a). Sin posibilidad de devaluar sus monedas, las economías europeas, con un reducido número de excepciones, no tendrán otra opción que rebajar salarios y otros beneficios sociales o inmolarse en la sima de su creciente paro . Los recortes salariales junto a la austeridad presupuestaria ejercerán una presión bajista sobre los precios. Las empresas trabajan muy por debajo de su capacidad y el desempleo se halla a niveles del 10 por ciento, mientras algunos países periféricos como España duplican dicha tasa. Según datos de Eurostat, extrapolando la trayectoria de crecimiento del PIB en la época pre-crisis y comparándola a los niveles actuales de producción, 2010 contabiliza un gap de casi 10 puntos porcentuales en relación a 2007. Esta diferencia entre producto efectivo y potencial- estrechamente correlacionada a los niveles de paro- tardará años en enjugarse, siempre bajo escenarios de crecimientos positivos. La previsión de crecimiento para la eurozona es del 0,9% para el 2010 y del 0,7% para el año próximo.

Lamentablemente, estos sombríos decorados, concuerdan con el veredicto de la historia.
Michael Boskin ha concluido de sus investigaciones del pasado reciente que, en occidente, las recaídas se erigen mas en la regla que en la excepción. El inicio de los 80 es un claro ejemplo de recuperaciones estables que abocan súbitamente en recesión. Estados Unidos, Alemania, Reino Unido Japón e Italia registraron trayectorias alternantes de dos escalones(double-dip).La recesión USA de 2001 también contabilizó un retroceso puntual. Japón padeció tres recesiones en la ‘década perdida’ que se inició en 1990.
Aunque no estamos abocados ciegamente a la catástrofe, la experiencia advierte que una nueva recaída no sería una excepción, antes de abordar la senda definitiva del crecimiento sostenible.
Para entonces habrán cambiado muchas cosas en el sistema. Pero ese es tema para otra ocasión.

domingo, 25 de julio de 2010

G8: Promesas rotas. (El Correo 25.07.10)

G8: Promesas rotas.

Manfred Nolte


Stephen Harper, primer ministro canadiense, defensor acérrimo de la consolidación fiscal en boga, y anfitrión del G8 recientemente celebrado, convocó a los poderosos del planeta a la que él definió como ‘la cumbre de la responsabilidad’.

Al hilo de dicho eslogan tiene todo el sentido desempolvar las enseñas de los ausentes y preguntarse qué honor han hecho Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos a los acuerdos adoptados por el Club de los ricos en materia de ayuda al desarrollo, desde la ‘responsabilidad’ pregonada de la gobernanza global.

Porque la ‘Declaración de Muskoka’ es un ejemplo antológico de retórica vacía, de ratificación y solidaridad con los buenos deseos y ausencia simultanea de un inventario responsable de los resultados cosechados. Cuando estos se advierten insuficientes se entona un ambiguo ‘mea culpa’, se tacha al pasado de ‘inaceptable’ y se propina un nuevo pelotazo hacia un adelante sin delimitar.

La memoria institucional como la privada tiende a ser selectiva y ni siquiera el ‘Grupo de trabajo para la responsabilidad’ (AWG) creado en la cumbre de L’Aquila para hacer seguimiento de los compromisos del grupo en materia de cooperación parece haber activado las necesarias alarmas.

Retrocedamos a julio de 2005, cuando los máximos mandatarios del G8 reunidos en Gleneagles, alcanzaron un acuerdo para la condonación de la deuda exterior y ampliación de las ayudas financieras a los países pobres.

La cancelación total de la deuda a 43 ‘países pobres altamente endeudados’, se instrumentaría a través del FMI y Banco mundial en un programa titulado ‘MDRI’ y su cuantía ascendió a 63 millardos de dólares, de los cuales 40, “de forma inmediata”. Los fondos adicionales de asistencia al desarrollo al mismo colectivo, se cifraron en 50 millardos de dólares anuales, y de ellos la mitad irían destinados a África, hasta 2010.

Pero como ha denunciado Jeffrey Sachs, asesor especial del Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, e infatigable tutelante de los Objetivos de Desarrollo de Milenio para 2015, las promesas se han cumplido de forma cínica o fragmentada.

De una parte, en cuanto a la condonación de la deuda, el acuerdo ‘MDRI’, aún habiéndose llevado a cabo, ha resultado ser una mera artimaña contable al cancelar determinadas deudas históricas de los países en crisis sin posibilidad alguna de reembolso. En definitiva se ha tratado de una ‘quita’ que torna en derecho una situación secular de hecho. El propio Gordon Brown, anfitrión y comunicador de la propuesta reconoció que mediante estas medidas “se trataba de terminar con una farsa. Se va a interrumpir el cobro de la deuda y el flujo de nuevos fondos a estos países en idéntico importe. Se trata de un ejercicio de contabilidad y no de altruismo”.

En cuanto a las ayudas asistenciales el G8 ha cumplido su compromiso africano al 50%, 15 millardos de dólares en lugar de 30. La mayor parte de los fondos de ayuda del G8 se han dirigido a Irak y Afganistán, extremo que conviene puntualizar.

La vaciedad de las palabras de los lideres del G8 pone en riesgo el planeta. El año pasado prometieron combatir el hambre del sur con 22 millardos de nuevos fondos que aun no han entregado. Prometieron crear un fondo de emergencia para combatir el cambio climático que aun no se ha constituido. Estados Unidos, con ser el primer donante del globo contabiliza las mayores desviaciones entre promesas y desembolsos, entre palabras y realidad.

El tratamiento de esta amnesia interesada no es fácil de abordar. Muchos propugnan que el G8 como grupo debe desaparecer y ceder su puesto al G20. Pero la medida no es tan clara como pudiera aparentar. De una parte el G8 concentra al núcleo del poder económico mundial y lo convierte en el donante idóneo, en el mecenas por antonomasia. En segundo lugar, la ampliación de la agenda del G20 a temas distintos de la superación de la crisis financiera global, el desencadenante de la cumbre de Washington, plantea serios problemas conceptuales de gobernanza y legitimidad que no pueden atropellarse sin mas.

A los líderes mundiales les falta por entender que los compromisos para combatir la pobreza, el hambre, la enfermedad, la incultura o el cambio climático son cuestiones de vida o muerte y que requieren una gestión responsable, comprometida y profesionalizada para su implementación.

El mundo de los desfavorecidos requiere verdadera responsabilidad, no palabras vacías sobre responsabilidad. La solidaridad no es un lujo para tiempos de bonanza ni una limosna cuando las arcas están llenas, sino una necesidad vital suscrita por los poderes públicos bajo el principio de la justicia y del imperativo moral.

domingo, 4 de julio de 2010

Toronto 2010: Pactando el desacuerdo. (El Correo 04.07.10)

Toronto 2010: Pactando el desacuerdo
Manfred Nolte

El pasado Domingo concluía en Toronto la cuarta reunión de los jefes de gobierno del G20 desde el inicio de la Crisis económica global.

Nueve meses antes, en Pittsburgh, los líderes mundiales acariciaban la idea de que lo peor de la recesión quizás quedase atrás y que el mundo avanzaba por la senda de la recuperación. Atribuyendo dicho resultado a la acción concertada y vigorosa de todos sus miembros no dudaron en definir al G20 como ‘el primer foro de la cooperación económica internacional’.

Sin embargo, antes de que la regeneración económica pudiera hacerse realidad, los mercados ha sufrido un nuevo y grave contratiempo en forma de crisis fiscal traducida en un vehemente rechazo a determinados activos soberanos, en particular de la periferia europea, cimentado, a su vez, en los altísimos déficits fiscales incurridos por sus emisores.

Esta dislocante disyuntiva ha conducido al Club de los 20 a un serio contratiempo, si no a un fracaso relativo.

A la sólida unanimidad de las posturas exhibidas en las tres reuniones anteriores, Toronto ha contrapuesto el resquebrajamiento del consenso internacional y una declaración llena de grietas. Canadá y Europa han mostrado su rostro mas impávido al postular, sin concesiones, la primacía de la consolidación fiscal, frente a la tesis de Obama, Brasil y otros emergentes que insistían en prorrogar las políticas de ayudas para asegurar el despegue aun incipiente y reversible de la actividad económica mundial.

Para redactar el Comunicado oficial de la cumbre, sus miembros han practicado un sutil ejercicio de funambulismo deslizándose por la tensa cuerda que conecta las posiciones antagónicas citadas. Finalmente, como término de equilibrio, las economías avanzadas promoverán “planes de consolidación fiscal favorables al crecimiento” comprometiéndose a “reducir a la mitad sus déficits fiscales para 2013 y estabilizar o reducir las ratios de deuda publica a PIB para 2016”. Pero puntualizando que “las medidas se implementarán a nivel nacional, ajustadas a las circunstancias individuales de los países”. Frases impecables firmadas con pulso de cirujano.

En realidad, los políticos se han limitado a ser mensajeros de una antigua rivalidad académica entre “austeros” (‘austerians’) y “estimulantes”. El primero reproduce un concepto recuperado de la reserva de la escuela austriaca(Friedrich Hayek y Ludwig Von Mises) y se refiere al recorte drástico de los déficits en tiempos de recesión, ejemplificado en las políticas liquidacionistas americanas puestas en practica por Hoover en 1929-30.

Krugman es un notable representante de la casta académica que postula imperiosamente la acción contraria: continuar con las acciones de estímulo, en especial las de corte fiscal. Mundel y Fleming modelizaron la relación demostrando que una contracción fiscal de un área de moneda flotante es perjudicial para el crecimiento del resto del mundo.

Está claro que el debate entre creación de empleo y consolidación fiscal es estéril y falso. La única divergencia estriba en el momento y la gradualidad de las acciones, en la secuencia de pulsado entre acelerador y freno dell vehiculo económico global. ¿Por qué, entonces, el desencuentro político y la fragmentación intelectual de la cumbre?

Hechos objetivos e ideologías se entreveran en la determinación de las decisiones. Como ha precisado Raghuram Rajan en su reciente publicación ‘Fault Lines’, los grandes acuerdos no pueden contraerse al margen de la ‘lucha de sistemas’. Las diferencias ideológicas previenen los consensos económicos
En los 80 y los 90 se cotizaban los mercados libérrimos. El Comunismo desaparece, China e India abrazaban el capitalismo y occidente exalta el Consenso de Washington. Luego aparecen las primeras hendiduras del edificio con las crisis mejicana y asiática. En 2008,tras la orgía financiera, la evidencia activa la decisiva intervención estatal.
Aunque la Declaración del G20 salva la paz, Toronto 2010 marca el inicio de un giro ideológico, y la moda política retorna firmemente desde la actuación beligerante del estado hacia el patrocinio soberano de los mercados.

Por si alguien albergaba alguna duda, un impuesto coordinado y global a la gran Banca ha quedado aplazado sine die, Trichet acaba de reducir de 12 a 3 meses el plazo de inyección de liquidez a los bancos de la eurozona y el BIS proclama que ha llegado la hora de eliminar las “distorsiones” provocadas por “instrumentos de políticas monetarias no convencionales”.

Una política agresiva de austeridad constituye el santo grial del último G20. Atrás queda no solo el pomposo marco para un crecimiento fuerte y sostenido sino el visto bueno a unas acciones publicas que ahora se tildan de ineficientes o cuando menos de desmesuradas. Lo que sea sonará, pero sería imperdonable que se dispare nuevamente la sirena del accidente multitudinario y sistémico, medido en clave de depresión económica.

domingo, 20 de junio de 2010

G20:Agenda y legitimidad.(El Correo 20.06.10)

G20:agenda y legitimidad

Manfred Nolte

A medida que se avecina la celebración de la cuarta cumbre del G20, esta vez en Toronto, los días 26 y 27 del corriente mes de Junio, se amontonan las noticias y comentarios de los diversos medios en relación con su agenda, esto es, en relación a los graves temas globales que han de ser objeto de debate y decisión en este nuevo ágora de resolución de conflictos.

Menos frecuentes son, por el contrario, las observaciones alusivas a la legitimidad, y deseabilidad futura de esta exclusiva Comunidad de gobernantes, que estas líneas pretenden cubrir.

No es que la agenda del G20 en Toronto sea nimia o menos urgente. Todo lo contrario. Pocas veces se ha encontrado la comitiva económica mundial, encabezada por los países opulentos, seguida a distancia reglamentaria por emergentes y aquellos otros sumidos en la miseria, ante encrucijada parecida. Pero de ello existe una generosa oferta informativa que eludo repetir.

En Noviembre de 2008 ninguna de las grandes instituciones multilaterales poseía la necesaria capacidad de liderazgo para abortar la crisis. El FMI despertaba el rechazo de los países en desarrollo. El G8 carecía de representatividad suficiente. La Asamblea General de Naciones Unidas(AGNU), se hallaba ayuna de capacidad decisoria. En dichas circunstancias, en Washington, los Jefes de Estado del G20 estaban obligados a tomar el relevo, respondiendo al colapso financiero sistémico con una acción rápida, decisiva y coordinada.

En la cumbre de Londres en Abril de 2009, los lideres mundiales activan diversas líneas de financiación por valor de 1,1 billones de dólares para estimular el crédito, el crecimiento y el empleo en la economía mundial.

En Pittsburgh, el G20 se autodeclara “el primer foro mundial para la cooperación económica internacional”, y establece las pautas para una nueva era de crecimiento equilibrado y sostenible.

A raíz de estos hitos, el Consejo de Estabilidad financiero ampliado, el Comité de supervisión bancaria de Basilea, y las dos principales agencias internacionales de estandarización contable -IASB y FASB- bailan al son de su música. También el FMI proclama su subordinación al G20, de quien proviene su repentina y espectacular promoción. Como confiesa su Director de estrategia “nuestro papel es el de un consultor fiable, mientras que el G20 ocupa firmemente el asiento del conductor”.

En consecuencia el G20 representa la nueva dinámica de la política global y se ha erigido en el buje de la gobernanza económica.

Pero, ¿puede y debe transformarse desde su actual estructura de ‘comité de crisis’, en un ‘comité de dirección’ estable de la economía mundial?

La licitud de dicha propuesta se deriva fundamentalmente de la composición y de la agenda del Club.

La idónea composición del G 20 carece de respuesta correcta. La ampliación de 8 a 20 socios a los que se agregan dos invitados permanentes, algunos rotatorios y las principales Instituciones internacionales le ha conferido mas legitimidad, pero no la suficiente. La sobre-representación europea es indisimulada aunque fácilmente subsanable otorgando a la Unión una sola voz en lugar de las seis o más actuales. La inclusión no alcanza a suficiente número de países emergentes. Están los BRIC, pero la asociación actual obedece a una circunstancia histórica siendo fiel calco del formato del G20 de los ministros de finanzas surgido como reacción a la crisis asiática de finales de los 90. La presencia africana se reduce a Sudáfrica. El tercer mundo- el millardo maldito- simplemente no existe.
La pertenencia se torna aun más crítica si contemplamos la naturaleza de la apropiación del G20. Quién convoca, en qué país y cuales son y quién marca los ritmos, agendas y registros del proceso. Esta imagen asimétrica asimila al G20 al concierto de unos pocos grandes países que dictan sus reglas a todos los demás.

Particularmente frágil resulta la conexión multilateral del G20 con la Asamblea General de Naciones Unidas (AGNU), el foro omnicomprensivo –un país un voto- de la gobernanza mundial. Ban Ki-Moon ofreció en dos ocasiones sucesivas al Presidente Bush la sede de Naciones Unidas para la celebración de la cumbre de Washington y que la AGNU fuera un componente central en el modelo de estrategia G20, invitación que fue desestimada. Con posterioridad los caminos de ambas instituciones han ido divergiendo aunque Naciones Unidas sigue irrogándose la legitimidad máxima como foro de debate inclusivo de la agenda global.

Desde un prisma democrático y solidario sería exigible que el G20 acotase su agenda a la crisis presente, remitiendo el resto de acuciantes temas globales al ámbito del G194:la AGNU. A ello se agregaría la repetidamente reclamada reforma de la capacidad decisoria de esta última.

domingo, 6 de junio de 2010

La otra cara de Adam Smith. (El Correo 06/06/10)

Adam Smith en perspectiva.

Durante 150 años el historial de las doctrinas económicas quedó reducido a simples anotaciones a pie de página de la obra central de Adam Smith: ‘Indagación acerca de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones’ publicada en 1776, y considerada la biblia de los economistas. Debió transcurrir siglo y medio para encontrar una creación de análogo corte revolucionario, inspirada en el paro agónico de Gran Bretaña entre las dos guerras mundiales y que lleva por título ‘La Teoría General del Empleo, el interés y el dinero’, aparecida en 1936 y cuyo autor, como es de todos sabido, no es otro que John Maynard Keynes.

Un Keynes redivivo, cuyas prescripciones han sido observadas sin pestañear y en megadosis durante la presente crisis, ha consolidado la vigencia del intervencionismo en el recetario de la política económica de último aliento. Ni los monetaristas más radicales, que han visto igualmente respaldados sus postulados con la política de tipos de interés deprimidos y de ‘suavización cuantitativa’ de los agregados monetarios, discuten la validez de las conclusiones y terapias propuestas por el ilustre profesor de la Universidad de Cambridge, para entornos dramáticos como los que padecemos.

La imagen del escocés está mas dañada. El desencanto generalizado ante la pretendida eficiencia de los mercados, y la indignación que ha estallado en amplísimos colectivos sociales ante las conductas depredadoras de una casta de intermediarios financieros que se encuentra en la base de la presente hecatombe sistémica, arrastra la cotización del académico de Glasgow a la baja. Su famosa ‘mano invisible’ concita hoy burla y desaliento.
Pero la interpretación habitual de Adam Smith como el gurú del propio interés solo se sustenta en un par de frases anecdóticas y episodios didácticos de todos conocidos que evitaremos reproducir aquí y que no son el reflejo de su personalidad integral. Las citas mas célebres se refieren a la teoría del intercambio económico y poco tienen que ver con la esencia de su legado teórico.
Identificar a Smith con el adalid del capitalismo es un despropósito. De hecho, la expresión ‘capitalismo’ no aparece ni una sola vez en su obra escrita. Menos aun se justifica que ese pretendido capitalismo descanse en un mecanismo de mercado guiado por el puro concepto del beneficio propio. Un mercado de funcionamiento transitivo y ‘en orden’ es una condición necesaria pero insuficiente.
Smith arremete contra determinadas “comisiones” –acciones- de la economía de mercado sin excluir sus importantes “omisiones”. Se muestra contrario a un intervencionismo de los mercados ‘excluyente’ pero alienta el de corte ‘incluyente’ para ocupar parcelas que estos dejen huérfanas o mal atendidas.
Se erige en promotor de la igualdad de oportunidades y de la ausencia de posiciones dominantes, “cada individuo posee un derecho de propiedad sobre su persona y sobre la propiedad que crea con su trabajo”. Pero adicionalmente advierte que “también lo tiene para verse libre de la agresión de otras personas”. El orden moral natural estabiliza los mercados. Si estos fracasan , hay que buscar la razón en las tropelías a las que se les somete cuando se incumplen las reglas básicas de juego, generando reacciones de caos, desigualdad e injusticia. “La justicia –afirma- es el pilar básico que sostiene la totalidad del edificio social”.
Su defensa del trabajo como la principal mediada del valor, aunque limitada, es innovadora y la acusada sensibilidad que demuestra respecto de las clases desfavorecidas queda reflejada en múltiples pasajes de su obra. Profundamente preocupado por las leyes que regulan la presencia de los menesterosos en los espacios públicos no duda en apoyar intervenciones en su favor. En un determinado pasaje -capitulo X- formula un juicio que no puede sino dejarnos confundidos: “Cuando las reglamentaciones son a favor del trabajador y del obrero siempre son justas y equitativas; pero no acontece lo mismo cuando favorecen a los patronos”. Este bosquejo de una teoría de la distribución muestra que las simpatías de Smith no están del lado de gobernantes y terratenientes sino de los asalariados, a los que juzga “explotados”.
Adam Smith fue un filósofo moral en primer lugar, y en segunda instancia- aunque de ello se derivase su mayor notoriedad- un intérprete y organizador del intercambio social. ‘La Riqueza de las Naciones’ contiene su ética política mientras ‘Teoría de los Sentimientos Morales’ –un libro menos conocido pero que Smith siempre reputó superior- descubre su ética personal.
Su mensaje no debería devaluarse ni confundirse: la rebelión general de los mercados es la consecuencia de la contaminación irreparable a la que se han visto sometidos. Restituirlos a su marco natural es la tarea de unas normas justas universalmente aplicadas.

domingo, 23 de mayo de 2010

Multilateralismo inclusivo (El Correo 23.05.10)

Multilateralismo inclusivo.

Manfred Nolte

El paleontólogo y naturalista francés Teilhard de Chardin dejó escrito que la evolución –a través de un inextricable proceso, que él tituló de ‘centro-complejidad’, conduce invariablemente a formas sociales mas agregadas, dotadas de mayor conciencia y, en consecuencia, capaces de adaptarse y actuar de forma más eficaz. Categorías originariamente antagónicas se fusionan en compactos con vocación de convivencia. Realidades excluyentes convergen en proyectos de multipolaridad.

Esta teoría suscita algún comentario en el plano geopolítico e institucional.

El moderno G20, alumbrado en la cumbre de Washington en noviembre de 2008 y consolidado en Londres y Pittsburgh en 2009, es un exponente de este tipo de convergencia.

Se trata de una reacción espontánea al pánico desatado con la quiebra de Lehman Brothers, abjurando del mecanismo autorregulador del mercado, cercenando su ‘mano invisible’ y sustituyéndola por una masiva y generalizada intervención estatal. La escala del seísmo económico se reveló de tal envergadura que el G8 debió aceptar la evidencia de su incapacidad, no solo técnica sino incluso emocional, para abordar en solitario y de forma unilateral el diagnóstico y compostura del siniestro planetario. En este sentido, la crisis produce un salto espectacular e irreversible en el concepto de multilateralidad.

Un ejemplo mas notorio, si cabe, se halla en el reciente y billonario Plan de rescate europeo que incorpora, si se resuelven las discrepancias de su diseño inicial, otro potentísimo ingrediente de multilateralidad. Tan es así que, de forma inadvertida, alberga los ingredientes del futuro ‘Tesoro’ y probablemente de los ‘Estados Unidos de Europa’. En la medida en que un determinado riesgo nacional es provisionado con fondos comunitarios, consagra la primacía de los intereses de la eurozona sobre los de cada socio integrante. La monetización adicional de deuda soberana por el Banco Central Europeo supone ni más ni menos que la socialización de las pérdidas potenciales del área euro.

El modelo se acerca asintóticamente, esto es, con la inexcusable y paciente contribución del factor tiempo, al de un Estado federal que apoya a uno o varios de sus estados integrantes en dificultades. De la unión monetaria a la económica y fiscal por el imperativo de la evidencia. No en vano, en los prolegómenos de la cumbre de Maastricht, el Canciller Kohl había señalado que un euro sin Unión política era “un castillo en el aire”.

Ello no evitará en el corto plazo ni la reestructuración de la deuda de estos últimos países ni el penosísimo desierto de deflación de precios y salarios que ineludiblemente deberán atravesar para recuperar la competitividad dilapidada. Pero ese es otro tema de discusión.

De las acciones acometidas pasamos ahora a las omisiones flagrantes.

Me refiero, sobre todo, a la mínima convergencia institucional registrada a la fecha entre las representaciones del hemisferio norte y las de los países pobres del sur.

Asia ha aumentado su participación en el PIB mundial del 7% en 1980 al 21% en 2008. En 2009 China superó a Alemania y se convirtió en el mayor exportador del planeta. Este cambio no afecta únicamente a China o India. La cuota del PIB global que corresponde a los países en desarrollo ha aumentado del 34% en 1980 al 44% en 2010. Latinoamérica supera la crisis y los países en transición tiran, desacoplados, del crecimiento mundial, ayudando decisivamente a su reequilibrio.

Todo lo anterior revela el creciente grado de influencia de este grupo de países, que no queda traducido en su representación Institucional. En especial, en las multilaterales -Banco Mundial, FMI, u OMC,- la voz del Sur es un mero susurro inaudible.

La mayor legitimidad que ostenta Naciones Unidas como espejo de los rostros de los países mas desfavorecidos, tampoco se ve correspondida en voz y representación, debido a la inoperancia de una Asamblea General, inclusiva y democrática, sí, pero de carácter meramente deliberante.

Dar voz a estos países no es cuestión de caridad o solidaridad sino de mero interés propio para Occidente: Ellos representan la demanda de capitales, bienes y servicios del futuro. En 2030, de aquí a 20 años, la economía asiática superará a la del G7. Su PIB rebasará al de Estados Unidos y Europa combinados. Ya en 2025 Brasil será la cuarta economía mundial.

Con los países en transición al alza, una economía globalizada requiere su acogida rotunda en los foros multilaterales. Serán finalmente estas organizaciones internacionales inclusivas las que jugarán un papel crucial en la solución de los grandes desafíos pendientes: la crisis financiera, pero también la climática y de materias primas; la migración, la resolución de los conflictos bélicos, las lacras endémicas: el hambre, la ignorancia, la enfermedad.

domingo, 9 de mayo de 2010

Trece banqueros. (El Correo 09.05.10)

Trece Banqueros.

Manfred Nolte

El viernes 27 de marzo de 2009, trece banqueros, los máximos ejecutivos de trece de las Instituciones financieras mas poderosas de Estados Unidos fueron citados en la ‘Casa Blanca’ para entrevistarse con Barack Obama. “Ayúdenme a ayudarles” –les urgió el Presidente-, “estamos en el mismo barco”.

Transcurrido algo mas de un año , suena intacto el desconcertante eco de aquella convocatoria. ¿Cómo pudo el gobernante mas poderoso del Planeta adoptar un lenguaje tan pusilánime y defensivo?

De una parte, el Presidente, tras la evidencia de los estragos sistémicos, había ordenado el rescate financiero mas colosal y generoso de todos los tiempos. Paralelamente, el colapso de entidades tales como Lehman Brothers, Bear Stearns, Washington Mutual o Wachovia ,la absorción de Merril Lynch o la nacionalización del gigante asegurador AIG, no invitaba a la profesión a maniobras insolidarias.

La prodigalidad gubernamental, unida al natural pánico desatado por las bajas en varias de las principales marcas bancarias mundiales ¿no debería haber despertado en el sector una reacción incondicional de adhesión?

‘Trece banqueros’, el ‘best seller’ de Simon Johnson y James Kwak (2010) que da título a este artículo desvela algunas claves de la hermética resistencia ejercida por los banqueros americanos frente a la reforma de su marco regulador.

Johnson y Kwak analizan minuciosamente el cordón umbilical que une el perímetro de Wall Street con las carreras políticas de los congresistas. El coste electoral de un escaño en la Cámara de representantes en Estados Unidos se estimaba en 1,25 millones de dólares en 2006. El Sector financiero USA ha jugado desde siempre un papel central en su financiación: 34 millones de dólares en 2010. El Senador Richard Durbin no vacila en señalar que “Los bancos son los dueños del Capitolio”. Es duro morder la mano que te alimenta.

Pero mucho mas duro aun resulta romper el colonizaje cultural. La ‘ideología’ de Wall Street. La que sostiene que una innovación sin trabas y unos mercados financieros desregulados son productivos para America y para los demás, que lo que es ventajoso para el gremio financiero lo es también para las sociedad. Una clase política que cree a pies juntillas que America y el mundo necesitan Bancos tan mastodónticos como sofisticados, orientados al riesgo, en permanente actitud de innovación y altamente rentables. No en vano un buen número de Banqueros de Inversión ostentan posiciones de privilegio en la ‘Casa Blanca’, en el ‘Departamento del Tesoro’ y otros centros de influencia pública.

Esa captura intelectual se extiende a los reguladores. Ello no implica que sean corruptos o que actúen en beneficio propio. Pero en cuanto que los banqueros ganan poder e influencia en Washington, su ideario se convierte en la ortodoxia gubernamental. El muro establecido por el blindaje combinado de dinero e ideología resulta sencillamente inexpugnable.

Es la misericordia del perdedor: Obama debía recurrir a una lenta maduración de las voluntades para quebrar el granítico blindaje mental de Wall Street.

Así se ha venido desarrollando la frágil iniciativa de reforma del sistema financiero americano.

Ha sido necesario que estallase una cadena de escándalos, posiblemente la punta de un inmenso iceberg, en los que se entremezclan conductas inequívocamente inmorales y presumiblemente fraudulentas para que Wall Street haya desatado el clamor popular.

Casualmente, en las últimas semanas hemos tenido acceso fortuito a alguna de las cámaras de los horrores financieros: Malabarismos contables destinados a encubrir la verdadera cuantía del riesgo exterior de países en crisis, como Grecia y otros más. Comercialización de instrumentos financieros -‘Abacus’ o ‘Hudson Mezzanine’- sin advertir a sus compradores de estar específicamente diseñados para apostar en su contra. Testimonios de agencias de rating confesando haber flaqueado en el rigor de sus valoraciones. La industria financiera filmada en pleno timo.

Puede incluso que se aborden las correspondientes acciones penales. Pero lo sustantivo de este tipo de conductas es que ratifican a una buena parte del sistema bancario como un casino donde la orgía de la innovación ha servido de coartada a la codicia infame de unos iluminados que han provocado la ruina social.

Ya no es una cuestión de finanzas o economía. En ultima instancia es materia de salvaguarda política. De si el cerco impasible trazado por los distintos ‘Wall Streets’ del planeta en torno al concepto de democracia, puede detenerse y revertirse.

La sociedad reclama una reforma financiera coordinada que garantice que crisis como la actual no vuelvan a repetirse. Mientras tanto contempla atónita a Loyd Blankfein, máximo responsable de Goldman Sachs, entidad a quien el Senado americano acusa de defraudar a sus clientes, cuando aclara a un periodista: “Soy un simple banquero haciendo el trabajo de Dios”.