El fin de la ortodoxia
Manfred Nolte
La historia progresa a base de sublevaciones ideológicas, no necesariamente violentas y siempre germinadas en el suelo de la tenacidad. Entre unas y otras los cambios suelen ser despreciables y la sociedad se deja llevar por la cómoda inercia de la opinión dominante. En economía, las revoluciones ocurren raramente y apenas se dejan traslucir en el horizonte del tiempo. Cuando los errores de ayer se convierten en los proyectos de mañana, entonces todo el mundo se pregunta como se demoró tanto el despliegue de la evidencia.
Pues bien, estamos viviendo una de esas infrecuentes mutaciones.
La llamada ‘Edad de oro del capitalismo mundial’ entre 1940 y 1973 registró unas tasas de crecimiento sustancialmente mayores a las del plazo cumplido desde los años 70 hasta nuestros días.
Aquella coincide con sistemas económicos obligadamente intervencionistas que hicieron del control de cambios, la tutela comercial y la ausencia de paraísos fiscales una plataforma que registró escasas y atenuadas crisis financieras.
El segundo período se caracteriza por una liberalización financiera y comercial creciente coexistiendo con una tupida red de centros de baja fiscalidad donde el crecimiento se reduce y los países se confrontan a crisis de intensidad diversa. Si bien es cierto que correlación no equivale a causalidad, al menos ha quedado probado que un determinado modo de dirigismo de mercado ha sido compatible con una alto crecimiento exento de crisis significativas.
La expresión ‘Consenso de Washington’ es generalmente interpretada como sinónimo de neoliberalismo y globalización. Acuñada por John Williamson en 1989 consiste en una tabla de 10 recetas aplicables al rescate de los países en desarrollo, que las Instituciones de Washington, -FMI, Banco Mundial y Departamento del Tesoro americano-, asumían como canon de oficialidad.
‘Estabiliza, privatiza, liberaliza’ se convirtió en el mantra de una generación de tecnócratas que se encargaron de transmitirla, con mas vehemencia que resultados favorables, a los confundidos prestatarios del sur.
Desde su nacimiento, el Consenso de Washington, dividió a académicos y a expertos de la sociedad civil. Rodrik, Stiglitz, Krugman, Hirschman o Rosenstein entre otros notables, han encabezado la larga lista de economistas, políticos, funcionarios de países pobres y activistas antiglobalización, que vieron en la aplicación del pacto ultraliberal a entornos depauperados una medicina de alta toxicidad con dudosos o negativos resultados finales.
Pero el Consenso de Washington se autoinmola con la llegada de la gran crisis occidental de 2008, con la implantación del gigantesco ‘bail out ’ o rescate de la banca americana y las medidas de estímulo fiscal, sin precedente, que le suceden.
En 2009, al término de la cumbre londinense del G20 Gordon Brown admite que ‘el Consenso de Washington ha muerto’.
La autopsia del Consenso revela dos razones diferenciadas en su agonía y defunción.
La primera es operativa. A través de lo que se ha acuñado como la acción de la ‘incoherencia productiva’, que procede al despido fulminante de la vigente ‘coherencia neoliberal’, Occidente desmantela, uno a uno, los principales postulados del ‘Consenso’: Controles frente a liberalización, nacionalización y ayuda estatal versus privatización, proteccionismo en lugar de libre comercio , déficits exuberantes suplantando a la cautela presupuestaria.
Pero mas importante es, sin duda, la inflexión institucional.
El 19 de febrero de 2010 el FMI publica ‘Reconsiderando la política macroeconómica’ en donde se desarma oficialmente el mito de una inflación hiperreducida. Otro estudio del mismo mes y paternidad, ‘Entradas de capital: El papel de los controles’ reconoce que los controles de cambios no solamente funcionan, sino que ‘evitaron resultados peores’ en lo países que los utilizaron durante la crisis.
Adicionalmente, en su informe ‘Situación Social Mundial’, de enero de este año, el Departamento americano para Asuntos Económicos y Sociales sentencia que ‘el FMI ignora el impacto positivo de la inflación en el empleo y en la posición deudora de las personas pobres’. La estabilización debe redefinirse , 'pudiendo requerir de mayores déficits fiscales y de tasas de inflación superiores a las prescritas por las políticas macroeconómicas convencionales’.
Keynes confesaba que ‘cuando las cosas cambiaban, él también cambiaba’. Otorgar a la herejía rango de ortodoxia implica ausencia de coacciones o ligaduras particulares y mucha generosidad intelectual. Por ello los paradigmas prosperan a trompicones: algunos pasos adelante y otros atrás.
‘Caída libre’, la última obra de Joseph Stiglitz entierra la ortodoxia obsoleta, la del fervor desregulatorio alimentado por el fundamentalismo del libre mercado. Un libro ambicioso que convoca a una nueva sociedad menos materialista y mas inclusiva. Pero para ello el Nóbel americano recuerda las gigantescas reformas pendientes, que, como la financiera, entre otras, nadie parece estar dispuesto a acometer.
Contenido
domingo, 28 de marzo de 2010
domingo, 14 de marzo de 2010
Un lugar en el Universo. (El Correo 14.03.10)
Un lugar en el Universo
Manfred Nolte
El archimillonario Warren Buffet, en una reciente entrevista a la cadena televisiva CNBC, se ha deshecho en elogios hacia el Banco de Inversión Goldman Sachs. “Es un negocio”-ha proferido-“fuerte y muy bien gestionado. Tiene un sitio en el universo”.
La exaltación de la entidad financiera estadounidense se ha producido en medio de una nueva ola de sorpresa e indignación al conocerse que, al hilo del debate sobre los problemas estructurales que aquejan a Grecia, las cifras de su deuda exterior fueron maquilladas en connivencia con el aludido intermediario.
Evidentemente existe un segmento de Banca que ha hecho de la ingeniería financiera y de las múltiples lagunas legales que pueblan el mapa bancario, su nicho de mercado, su ‘sitio en el universo’.
En una reciente investigación llevada a cabo separadamente por el semanario alemán ‘Der Spiegel’ y el rotativo americano ‘The New York Times’ se ha conocido que en 2.001 Goldman Sachs recurrió a la ‘contabilidad creativa’ para ayudar a Grecia a cumplir con los exigentes requisitos de entrada en la zona euro por medio de ‘permutas financieras’ (‘swaps’) estructuradas a ‘tipos ficticios’, en mercados ‘no transparentes’. Grecia rozó el listón, pero logro rebasarlo y formar parte del naciente club del euro. Se estima que los derivados poseían un valor nocional de 15 mil millones de dólares.
Otros países -Italia, Polonia, Bélgica y también el Reino Unido- recurrieron en esa época a derivados para falsificar su nivel real de deuda, y la gama de artilugios financieros pudo abarcar la titulización de ingresos futuros del sector público, el manejo de Instituciones cuyo endeudamiento no computa como deuda soberana, leasing y otros.
También ha trascendido que, en pleno debate sobre la viabilidad europea del país heleno, un grupo de Bancos y ‘Hedge Funds’ han utilizado ‘CDS’, el tipo de derivado que noqueó al gigante asegurador americano AIG, para apostar en favor de la eventualidad de un impago soberano por parte de Grecia, y a su estela en favor del desplome del euro.
Lo frustrante de estas conductas, que la Canciller Merkel ha calificado de ‘escandalosas’ es que, muy probablemente, y a expensas del resultado de las investigaciones oficiales abiertas,“Goldman Sachs ( y resto de operadores de análoga calaña) no hizo nada ilegal y los productos derivados que entraron en la operación están en total conformidad con las reglas y procedimientos permitidos por la ley estadounidense” como reza el comunicado que el propio Banco americano dirigió a la opinión publica.
Pero una cosa es el malabarismo financiero y otra bien distinta circunvalar las normas de Maastricht que discriminaban primero y penalizaban después, a los países incumplidores del ‘Pacto de Estabilidad’. A pesar de no ser seguro que se haya violado la ley, es patente que se ha atropellado el espíritu del Tratado de la Unión Europea y ello debería preocupar seriamente a reguladores y agencias estadísticas.
Esta política de medias verdades y de constante flirteo con la divisoria de la normativa ha enmarcado a gran parte de los productos llamados ‘innovadores’ de la época precrisis y siguen constituyendo una grave amenaza sistémica. Patrick Dillon y Carl Cannon de la Universidad de Pittsburgh acaban de publicar ‘El circulo de la codicia’, un estudio que nos introduce magistralmente en el uso de las lagunas jurídicas, con las que el protagonista realiza una fantástica construcción de ‘procedimientos monstruosos’ y que nos parece aplicable a este sector oscuro de las finanzas.
Hablemos de la recuperación bancaria americana. Con Goldman, un buen número de Bancos ha vuelto a los beneficios, básicamente a través de operaciones especulativas en divisas, materias primas, bolsa o derivados, con ayuda de sus Hedge Funds, Sociedades de capital de riesgo y otros canales de pobre o nula regulación.
¿Fue ese el objetivo del rescate bancario? ¿No se apoyó a la gran banca para que diera préstamos a la ciudadanía? Pero los datos USA y del Banco Central Europeo muestran una inexistente reactivación del crédito. Mientras tanto ¿dónde está la tan traída y llevada reforma bancaria? Una regeneración conceptual en senda de reducción del riesgo, protección del consumidor, incremento de la transparencia y apoyo de los productos de eficiencia social.
Tras esta refinada profesión de pillos y truhanes de casino está en juego la honorabilidad del sistema, si es que ello importa a alguien. Máxime cuando, como advertía La Rochefoucauld: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos ante los demás que al final nos disfrazamos ante nosotros mismos”.
Y nada existe más reprobable e irreversible que un malhechor deliberadamente inconsciente, parapetado en los pliegues recónditos y sibilinos de la legalidad.
Manfred Nolte
El archimillonario Warren Buffet, en una reciente entrevista a la cadena televisiva CNBC, se ha deshecho en elogios hacia el Banco de Inversión Goldman Sachs. “Es un negocio”-ha proferido-“fuerte y muy bien gestionado. Tiene un sitio en el universo”.
La exaltación de la entidad financiera estadounidense se ha producido en medio de una nueva ola de sorpresa e indignación al conocerse que, al hilo del debate sobre los problemas estructurales que aquejan a Grecia, las cifras de su deuda exterior fueron maquilladas en connivencia con el aludido intermediario.
Evidentemente existe un segmento de Banca que ha hecho de la ingeniería financiera y de las múltiples lagunas legales que pueblan el mapa bancario, su nicho de mercado, su ‘sitio en el universo’.
En una reciente investigación llevada a cabo separadamente por el semanario alemán ‘Der Spiegel’ y el rotativo americano ‘The New York Times’ se ha conocido que en 2.001 Goldman Sachs recurrió a la ‘contabilidad creativa’ para ayudar a Grecia a cumplir con los exigentes requisitos de entrada en la zona euro por medio de ‘permutas financieras’ (‘swaps’) estructuradas a ‘tipos ficticios’, en mercados ‘no transparentes’. Grecia rozó el listón, pero logro rebasarlo y formar parte del naciente club del euro. Se estima que los derivados poseían un valor nocional de 15 mil millones de dólares.
Otros países -Italia, Polonia, Bélgica y también el Reino Unido- recurrieron en esa época a derivados para falsificar su nivel real de deuda, y la gama de artilugios financieros pudo abarcar la titulización de ingresos futuros del sector público, el manejo de Instituciones cuyo endeudamiento no computa como deuda soberana, leasing y otros.
También ha trascendido que, en pleno debate sobre la viabilidad europea del país heleno, un grupo de Bancos y ‘Hedge Funds’ han utilizado ‘CDS’, el tipo de derivado que noqueó al gigante asegurador americano AIG, para apostar en favor de la eventualidad de un impago soberano por parte de Grecia, y a su estela en favor del desplome del euro.
Lo frustrante de estas conductas, que la Canciller Merkel ha calificado de ‘escandalosas’ es que, muy probablemente, y a expensas del resultado de las investigaciones oficiales abiertas,“Goldman Sachs ( y resto de operadores de análoga calaña) no hizo nada ilegal y los productos derivados que entraron en la operación están en total conformidad con las reglas y procedimientos permitidos por la ley estadounidense” como reza el comunicado que el propio Banco americano dirigió a la opinión publica.
Pero una cosa es el malabarismo financiero y otra bien distinta circunvalar las normas de Maastricht que discriminaban primero y penalizaban después, a los países incumplidores del ‘Pacto de Estabilidad’. A pesar de no ser seguro que se haya violado la ley, es patente que se ha atropellado el espíritu del Tratado de la Unión Europea y ello debería preocupar seriamente a reguladores y agencias estadísticas.
Esta política de medias verdades y de constante flirteo con la divisoria de la normativa ha enmarcado a gran parte de los productos llamados ‘innovadores’ de la época precrisis y siguen constituyendo una grave amenaza sistémica. Patrick Dillon y Carl Cannon de la Universidad de Pittsburgh acaban de publicar ‘El circulo de la codicia’, un estudio que nos introduce magistralmente en el uso de las lagunas jurídicas, con las que el protagonista realiza una fantástica construcción de ‘procedimientos monstruosos’ y que nos parece aplicable a este sector oscuro de las finanzas.
Hablemos de la recuperación bancaria americana. Con Goldman, un buen número de Bancos ha vuelto a los beneficios, básicamente a través de operaciones especulativas en divisas, materias primas, bolsa o derivados, con ayuda de sus Hedge Funds, Sociedades de capital de riesgo y otros canales de pobre o nula regulación.
¿Fue ese el objetivo del rescate bancario? ¿No se apoyó a la gran banca para que diera préstamos a la ciudadanía? Pero los datos USA y del Banco Central Europeo muestran una inexistente reactivación del crédito. Mientras tanto ¿dónde está la tan traída y llevada reforma bancaria? Una regeneración conceptual en senda de reducción del riesgo, protección del consumidor, incremento de la transparencia y apoyo de los productos de eficiencia social.
Tras esta refinada profesión de pillos y truhanes de casino está en juego la honorabilidad del sistema, si es que ello importa a alguien. Máxime cuando, como advertía La Rochefoucauld: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos ante los demás que al final nos disfrazamos ante nosotros mismos”.
Y nada existe más reprobable e irreversible que un malhechor deliberadamente inconsciente, parapetado en los pliegues recónditos y sibilinos de la legalidad.
domingo, 28 de febrero de 2010
Lecciones de la Crisis (El Correo 28.02.10)
Lecciones de la crisis
Manfred Nolte
Al rebufo de la reciente subida del tipo de descuento de la Reserva Federal, que prologa el vacilante final de ‘la mayor crisis financiera de todos los tiempos’, en frase de Alan Greenspan, los académicos se afanan en hacer inventario del desastre y fabricar con los restos del naufragio las nuevas tablas de la ley económica.
En particular tres pilares de la política económica practicada durante las últimas décadas, las de ‘la gran moderación’, ofrecen sus caras alternativas en una didáctica renovadora. La primera se refiere al nivel deseable de la inflación. La segunda concierne al déficit fiscal. La última apunta a la política regulatoria.
Comencemos con la primera. Mantener una tasa de inflación baja y estable constituye el mandato primordial de los bancos centrales. Y ello como resultado del juicio de valor - ‘la divina coincidencia’- de que dicha política procura niveles cercanos al PIB potencial, el máximo Producto posible en ausencia de rigideces nominales en el mercado. Para ello, las autoridades monetarias intervienen los tipos de interés a corto plazo a su discreción.
Congruentemente, cuando la crisis golpea en 2008 y provoca el colapso de la demanda agregada, los Bancos centrales redujeron sus tipos directores hasta umbrales cercanos a cero. Tal vez, de haber podido, los hubieran bajado más. Estimaciones basadas en la llamada “regla de Taylor” –que determina las variaciones deseables de los tipos de interés en respuesta a las desviaciones de los objetivos de inflación y PIB -sugieren que, en Estados Unidos, debieran haberse situado entre 3 y 5 puntos porcentuales por debajo de cero, algo evidentemente inasumible.
Una inflación promedio más elevada acompañada de tipos de interés más altos hubiera permitido un mayor recorte de estos, moderando la caída de producción y empleo y amortiguando el brutal deterioro de las posiciones fiscales.
Una nutrida representación de respetados economistas avala esta tesis. Incluso el Investigador-Jefe del FMI, Olivier Blanchard, ha prestado su voz al selecto coro compuesto por Kenneth Rogoff, Greg Mankiw, Scott Sumner, Paul Krugman, Brad DeLong y otros. Todos ellos sostienen que una inflación más alta hubiera supuesto una red protectora para una economía en caída libre.
No se ignoran los problemas asociados a la inflación. La estabilidad de precios tiene rango de conquista histórica. La inflación es un impuesto distorsionante y a menudo regresivo y asimétrico. Y evidentemente, una vez descontrolada, acarrea efectos devastadores a la sociedad. Pero lo que los expertos sugieren es que la política monetaria almacena resortes anticíclicos mas poderosos en un escenario de inflación controlada, a niveles, por ejemplo, del 5% anual, en lugar de los objetivos actuales que se sitúan en un entorno sensiblemente inferior. Sobre todo cuando uno compara las lastimosas alternativas en términos de déficits públicos que ha sido necesario acometer. Con todo, sería interesante conocer la reacción de Bernanke y no digamos de Trichet a esta provocativa proposición.
La segunda lección enlaza con el párrafo anterior. La crisis nos ha enseñado que es vital restituir a la política fiscal todos sus pertrechos estabilizantes y preventivos. El futuro aboga por presupuestos públicos marcadamente beligerantes, de modo que las épocas de bonanza procuren los necesarios colchones presupuestarios que hagan de su utilización neutralizante en épocas de crisis prolongadas una medicina eficaz, sin incurrir en los gravísimos déficits que los países están en este momento obligados a enjugar.
La tercera y última enseñanza alude a la regulación de las finanzas.
Durante las dos últimas décadas la normativa financiera se orientó exclusivamente a controlar la solidez de las instituciones individuales, mediante requerimientos de capitalización, ignorando sus implicaciones macroeconómicas y sistémicas.
El regulador obviamente no advirtió la falacia del planteamiento. El riesgo financiero del sistema supera la agregación de los riegos de las instituciones individuamente consideradas. Buscando su interés y solvencia particulares, los intermediarios financieros pueden socavar colectivamente el sistema. Este es el salto cualitativo que separa la regulación microprudencial de la macroprudencial. A plena luz del día, un apalancamiento desmesurado y una retahíla de productos bancarios explosivos, consignados ‘fuera de balance’, han sorteado impune y masivamente las endebles trincheras microprudenciales. Un inadecuado perímetro de coordinación política propició después el contagio pandémico.
Una crisis global requiere una respuesta global que evite el arbitraje regulatorio. Son necesarias hondas reformas en la arquitectura financiera internacional, que por el momento solo son borradores timoratos, o, como en Estados Unidos, topan con extenuantes procesos parlamentarios.
Además, deben desmantelarse los productos bancarios de escaso o nulo valor social en la línea preconizada por Volcker. Y en cuanto al ‘riesgo moral’, no queremos Bancos ‘demasiado grandes para quebrar’ sino, simplemente, ‘demasiado aburridos para quebrar’.
Manfred Nolte
Al rebufo de la reciente subida del tipo de descuento de la Reserva Federal, que prologa el vacilante final de ‘la mayor crisis financiera de todos los tiempos’, en frase de Alan Greenspan, los académicos se afanan en hacer inventario del desastre y fabricar con los restos del naufragio las nuevas tablas de la ley económica.
En particular tres pilares de la política económica practicada durante las últimas décadas, las de ‘la gran moderación’, ofrecen sus caras alternativas en una didáctica renovadora. La primera se refiere al nivel deseable de la inflación. La segunda concierne al déficit fiscal. La última apunta a la política regulatoria.
Comencemos con la primera. Mantener una tasa de inflación baja y estable constituye el mandato primordial de los bancos centrales. Y ello como resultado del juicio de valor - ‘la divina coincidencia’- de que dicha política procura niveles cercanos al PIB potencial, el máximo Producto posible en ausencia de rigideces nominales en el mercado. Para ello, las autoridades monetarias intervienen los tipos de interés a corto plazo a su discreción.
Congruentemente, cuando la crisis golpea en 2008 y provoca el colapso de la demanda agregada, los Bancos centrales redujeron sus tipos directores hasta umbrales cercanos a cero. Tal vez, de haber podido, los hubieran bajado más. Estimaciones basadas en la llamada “regla de Taylor” –que determina las variaciones deseables de los tipos de interés en respuesta a las desviaciones de los objetivos de inflación y PIB -sugieren que, en Estados Unidos, debieran haberse situado entre 3 y 5 puntos porcentuales por debajo de cero, algo evidentemente inasumible.
Una inflación promedio más elevada acompañada de tipos de interés más altos hubiera permitido un mayor recorte de estos, moderando la caída de producción y empleo y amortiguando el brutal deterioro de las posiciones fiscales.
Una nutrida representación de respetados economistas avala esta tesis. Incluso el Investigador-Jefe del FMI, Olivier Blanchard, ha prestado su voz al selecto coro compuesto por Kenneth Rogoff, Greg Mankiw, Scott Sumner, Paul Krugman, Brad DeLong y otros. Todos ellos sostienen que una inflación más alta hubiera supuesto una red protectora para una economía en caída libre.
No se ignoran los problemas asociados a la inflación. La estabilidad de precios tiene rango de conquista histórica. La inflación es un impuesto distorsionante y a menudo regresivo y asimétrico. Y evidentemente, una vez descontrolada, acarrea efectos devastadores a la sociedad. Pero lo que los expertos sugieren es que la política monetaria almacena resortes anticíclicos mas poderosos en un escenario de inflación controlada, a niveles, por ejemplo, del 5% anual, en lugar de los objetivos actuales que se sitúan en un entorno sensiblemente inferior. Sobre todo cuando uno compara las lastimosas alternativas en términos de déficits públicos que ha sido necesario acometer. Con todo, sería interesante conocer la reacción de Bernanke y no digamos de Trichet a esta provocativa proposición.
La segunda lección enlaza con el párrafo anterior. La crisis nos ha enseñado que es vital restituir a la política fiscal todos sus pertrechos estabilizantes y preventivos. El futuro aboga por presupuestos públicos marcadamente beligerantes, de modo que las épocas de bonanza procuren los necesarios colchones presupuestarios que hagan de su utilización neutralizante en épocas de crisis prolongadas una medicina eficaz, sin incurrir en los gravísimos déficits que los países están en este momento obligados a enjugar.
La tercera y última enseñanza alude a la regulación de las finanzas.
Durante las dos últimas décadas la normativa financiera se orientó exclusivamente a controlar la solidez de las instituciones individuales, mediante requerimientos de capitalización, ignorando sus implicaciones macroeconómicas y sistémicas.
El regulador obviamente no advirtió la falacia del planteamiento. El riesgo financiero del sistema supera la agregación de los riegos de las instituciones individuamente consideradas. Buscando su interés y solvencia particulares, los intermediarios financieros pueden socavar colectivamente el sistema. Este es el salto cualitativo que separa la regulación microprudencial de la macroprudencial. A plena luz del día, un apalancamiento desmesurado y una retahíla de productos bancarios explosivos, consignados ‘fuera de balance’, han sorteado impune y masivamente las endebles trincheras microprudenciales. Un inadecuado perímetro de coordinación política propició después el contagio pandémico.
Una crisis global requiere una respuesta global que evite el arbitraje regulatorio. Son necesarias hondas reformas en la arquitectura financiera internacional, que por el momento solo son borradores timoratos, o, como en Estados Unidos, topan con extenuantes procesos parlamentarios.
Además, deben desmantelarse los productos bancarios de escaso o nulo valor social en la línea preconizada por Volcker. Y en cuanto al ‘riesgo moral’, no queremos Bancos ‘demasiado grandes para quebrar’ sino, simplemente, ‘demasiado aburridos para quebrar’.
domingo, 14 de febrero de 2010
Crisis económica y Universidad eficiente. (El Correo 14.02.10)
Crisis económica y Universidad eficiente.
Manfred Nolte
La economía española vive tiempos convulsos. Se la adscribe al club de los ‘PIGS’, que, como es bien sabido, identifica al sacrificado gremio de proveedores del jabugo. Alternativamente integra el equipo de los seis ‘STUPID’ (Spain, Turkey, UK, Portugal, Italy, Dubai). Para Nouriel Roubini, España constituye ‘la amenaza’. ‘Padece cáncer’ según Xavier Sala-I-Marti. Trichet, Blanchard y Strauss Kahn aluden a sus ‘graves problemas’.
En esta mezcla de acoso, descalificación y denuncia, el núcleo argumental se dirige al elevadísimo nivel del déficit público contraído y al peligro inherente de un impago soberano que ,de rechazo, provocaría un contagio en la eurozona de alcance y consecuencias imprevisibles. A diferencia de Grecia, Irlanda y Portugal, la economía española es demasiado grande en términos absolutos para pasar inadvertida, y su enfermedad irrita a los socios centroeuropeos que durante años la han colmado de fondos estructurales .
El diagnóstico establecido por Krugman es el más verosímil y el más lacerante. No es el descuadre presupuestario -voluminoso pero rehabilitador-el que ha desatado la crítica colectiva sino la desconfianza generalizada en que nuestro sistema productivo sea capaz de absorberlo en un plazo razonable. España sufre las consecuencias de un ‘choque asimétrico’ al pertenecer a una unión monetaria sin integración de los mercados fiscales y laborales arrastrando un sostenido déficit de competitividad del que es difícil evadirse.
La adopción del euro en enero de 1999 repercutió en un saneamiento sin precedentes de la economía española, al rebajarse históricamente los costes de la deuda, los tipos de corto dictados por el Banco Central y la tasa de inflación. Todo ello acompañado de un indisimulado alborozo.
Pero salvada la euforia inicial, y sin el salvavidas de las devaluaciones competitivas, la economía ha mantenido en la última década una pauta uniforme de pérdida de competitividad que es la raíz de sus actuales padecimientos. España encabeza el ‘índice de miseria’ de Moody’s. Los informes de la Fundación Heritage, del Banco Mundial o del Foro de Davos abundan en la descripción de una economía que pierde gradualmente escalones de competitividad en relación a Europa y al mundo, de la mano de un mercado de factores de producción escasamente flexible y un sector público poco eficiente y muy caro.
Occidente está saliendo de la recesión a fuerza de oleadas de intervencionismo estatal. Ha sido bueno y necesario. Pero la impagable contribución del Estado convive con notables ineficiencias en la asignación de sus fondos, que es necesario vencer. Tanto más cuanto que, en una coyuntura deprimida, el fisco poco podrá incrementar la recaudación y deberá exprimir al máximo sus recursos de gasto.
Tirando de este hilo, podemos aventurar algunas conclusiones para nuestro entorno educativo cercano.
Me refiero a un cambio urgente en el paradigma del Sistema Educativo Superior, potencial catapulta, a medio plazo, de conocimiento, I+D, y en definitiva de valor añadido en la cadena productiva.
En el nuevo marco de Bolonia, del ‘Espacio Europeo de Educación Superior’, el caso español arroja resultados sorprendentes. En poco mas de una década, los presupuestos de la Universidad Pública se han más que duplicado. Sin embargo la primera universidad española aparece en los ranking mundiales en el puesto 186.
En la Comunidad Autónoma del País Vasco, se da la notable circunstancia de que el coste por alumno a tiempo completo en la Universidad pública duplica al de las Universidades privadas de iniciativa Social. Lamentablemente, este esfuerzo presupuestario, siempre sufragado con los impuestos del contribuyente, no se ha traducido en resultados de mejora de la calidad, si atendemos al desenlace de la convocatoria de ‘Campus de Excelencia Internacional’, donde únicamente la Universidad de Deusto ha logrado superar la cota de la ‘mención’.
No parece razonable que sucesivos gobiernos autonómicos aireen solemnemente la existencia de un ‘Sistema Universitario Vasco’ –algo que suena a homogéneo y transitivo- y solo dispensen a las privadas, y más eficientes, las migajas que se deslizan de la mesa pública.
La financiación de nuestras Universidades precisa de una profunda reforma sustentada en primar la eficiencia sobre otros cánones de universalidad o fijación de precios políticos, que, por otra parte, tienen una perfecta traslación a la universidad privada .
En general, la actuación pública en materias básicas no solo no puede estar reñida con la eficacia, sino que debe alentarla y exhibirla como enseña de actuación. Después de todo, cuando se subsidia excluyentemente un determinado tipo de producción se crean incentivos para la ineficiencia, al erigir un monopolio al abrigo de la competitividad.
Y lo que hace falta de forma urgente es sentar las bases para iniciar una nueva senda de competitividad sostenida.
Manfred Nolte
La economía española vive tiempos convulsos. Se la adscribe al club de los ‘PIGS’, que, como es bien sabido, identifica al sacrificado gremio de proveedores del jabugo. Alternativamente integra el equipo de los seis ‘STUPID’ (Spain, Turkey, UK, Portugal, Italy, Dubai). Para Nouriel Roubini, España constituye ‘la amenaza’. ‘Padece cáncer’ según Xavier Sala-I-Marti. Trichet, Blanchard y Strauss Kahn aluden a sus ‘graves problemas’.
En esta mezcla de acoso, descalificación y denuncia, el núcleo argumental se dirige al elevadísimo nivel del déficit público contraído y al peligro inherente de un impago soberano que ,de rechazo, provocaría un contagio en la eurozona de alcance y consecuencias imprevisibles. A diferencia de Grecia, Irlanda y Portugal, la economía española es demasiado grande en términos absolutos para pasar inadvertida, y su enfermedad irrita a los socios centroeuropeos que durante años la han colmado de fondos estructurales .
El diagnóstico establecido por Krugman es el más verosímil y el más lacerante. No es el descuadre presupuestario -voluminoso pero rehabilitador-el que ha desatado la crítica colectiva sino la desconfianza generalizada en que nuestro sistema productivo sea capaz de absorberlo en un plazo razonable. España sufre las consecuencias de un ‘choque asimétrico’ al pertenecer a una unión monetaria sin integración de los mercados fiscales y laborales arrastrando un sostenido déficit de competitividad del que es difícil evadirse.
La adopción del euro en enero de 1999 repercutió en un saneamiento sin precedentes de la economía española, al rebajarse históricamente los costes de la deuda, los tipos de corto dictados por el Banco Central y la tasa de inflación. Todo ello acompañado de un indisimulado alborozo.
Pero salvada la euforia inicial, y sin el salvavidas de las devaluaciones competitivas, la economía ha mantenido en la última década una pauta uniforme de pérdida de competitividad que es la raíz de sus actuales padecimientos. España encabeza el ‘índice de miseria’ de Moody’s. Los informes de la Fundación Heritage, del Banco Mundial o del Foro de Davos abundan en la descripción de una economía que pierde gradualmente escalones de competitividad en relación a Europa y al mundo, de la mano de un mercado de factores de producción escasamente flexible y un sector público poco eficiente y muy caro.
Occidente está saliendo de la recesión a fuerza de oleadas de intervencionismo estatal. Ha sido bueno y necesario. Pero la impagable contribución del Estado convive con notables ineficiencias en la asignación de sus fondos, que es necesario vencer. Tanto más cuanto que, en una coyuntura deprimida, el fisco poco podrá incrementar la recaudación y deberá exprimir al máximo sus recursos de gasto.
Tirando de este hilo, podemos aventurar algunas conclusiones para nuestro entorno educativo cercano.
Me refiero a un cambio urgente en el paradigma del Sistema Educativo Superior, potencial catapulta, a medio plazo, de conocimiento, I+D, y en definitiva de valor añadido en la cadena productiva.
En el nuevo marco de Bolonia, del ‘Espacio Europeo de Educación Superior’, el caso español arroja resultados sorprendentes. En poco mas de una década, los presupuestos de la Universidad Pública se han más que duplicado. Sin embargo la primera universidad española aparece en los ranking mundiales en el puesto 186.
En la Comunidad Autónoma del País Vasco, se da la notable circunstancia de que el coste por alumno a tiempo completo en la Universidad pública duplica al de las Universidades privadas de iniciativa Social. Lamentablemente, este esfuerzo presupuestario, siempre sufragado con los impuestos del contribuyente, no se ha traducido en resultados de mejora de la calidad, si atendemos al desenlace de la convocatoria de ‘Campus de Excelencia Internacional’, donde únicamente la Universidad de Deusto ha logrado superar la cota de la ‘mención’.
No parece razonable que sucesivos gobiernos autonómicos aireen solemnemente la existencia de un ‘Sistema Universitario Vasco’ –algo que suena a homogéneo y transitivo- y solo dispensen a las privadas, y más eficientes, las migajas que se deslizan de la mesa pública.
La financiación de nuestras Universidades precisa de una profunda reforma sustentada en primar la eficiencia sobre otros cánones de universalidad o fijación de precios políticos, que, por otra parte, tienen una perfecta traslación a la universidad privada .
En general, la actuación pública en materias básicas no solo no puede estar reñida con la eficacia, sino que debe alentarla y exhibirla como enseña de actuación. Después de todo, cuando se subsidia excluyentemente un determinado tipo de producción se crean incentivos para la ineficiencia, al erigir un monopolio al abrigo de la competitividad.
Y lo que hace falta de forma urgente es sentar las bases para iniciar una nueva senda de competitividad sostenida.
domingo, 31 de enero de 2010
'Davos Man'. (El Correo 31.01.10)
“Davos Man”
Manfred Nolte
La asamblea del “Foro Económico Mundial” transforma cada año la apacible estación de esquí alpina de Davos-Klosters en una feria cosmopolita guarnecida por una armada de efectivos policiales que dan escolta a la flor y crema de la plutocracia del planeta.
Los participantes proceden en su mitad del mundo empresarial, representado por sus máximos ejecutivos –uno por Compañía- de la industria, el consumo o las finanzas. Junto a ellos jefes de gobierno, ministros, lideres de las ONGs y del ámbito sindical, superiores de comunidades de fe, iconos culturales y del deporte, académicos, afamados directivos de “Think Tanks”, premios Nóbel, editores , estrellas del rock, columnistas de caché .
Davos responde a una opulencia estructurada, aunque no solo de billonarios. Hasta aquellos que comparecen en nombre de la sociedad civil, de la Universidad o de las artes tienen que poseer influencia y prestigio, un pedigrí de excepción. Todos son brillantes, dinámicos y creativos. También son afortunados y son conscientes de ello. Solo el dinero no es la clave de su felicidad pero coinciden con Woody Allen en que “el dinero siempre es mejor que la pobreza aunque solo sea por razones financieras”. Cada participante está allí por su habilidad para influir en las vidas de millones de personas .
El tema propuesto por Schwab para la convención de 2010 es: “Mejorar el estado del mundo: repensar, rediseñar, reconstruir”. En una cosa ha acertado. No es que el sistema deba reiniciarse: tenemos un sistema obsoleto que precisa ser rediseñado.
Todo eso suena bien y las conclusiones teóricas que se tracen tendrán elementos aprovechables. Davos ha contribuido históricamente a hitos memorables, como la Declaración de 1988 entre Grecia y Turquía evitando un conflicto bélico eminente o el acuerdo sobre Gaza y Jericó de 1995 firmado entre Simon Peres y Yasir Arafat.
Pero ese es el Davos puntual y periférico, del testimonio gráfico o del informe de relumbrón.
“Davos Man”, el “Hombre-Davos”, es otra cosa. Un concepto acuñado por el politólogo Samuel Huntington que describe al ciudadano global, una estirpe con “escasa necesidad de lealtad nacional”, un grupo que “ve complacido la desaparición de las fronteras nacionales y considera a los gobiernos nacionales como vestigios del pasado”. Una idea ingeniosa, una especie de comunismo capitalista, sustituyendo el slogan marxista de “el trabajador carece de patria” por el de “el capitalista transnacional carece de patria”.
Lo esencial de “Davos Man” es preservar su propia identidad. A sus 40 años, “Davos Man” no padece la crisis de la edad intermedia. De hecho carece de edad. En cada convocatoria se está o no se está. Los banqueros de inversiones USA no asistirán a la cita de este año. No les toca estar en el club.
Los Hombres-Davos son poco mas del millar entre los casi siete mil millones de pobladores de la Tierra. En el “Resort” alpino manifiestan, sin hacer uso de la palabra, como se obtiene el éxito y como se acumulan la influencia y el poder. Se establecen, a través de un sonriente consenso, las pautas universales de los defectos tolerables o inaceptables de quienes están en la cima. De forma natural se ratifica una meritocracia derivada de la ética weberiana, donde el poder es visto como algo que proviene paritariamente del destino y de la lucha aguerrida por la propiedad de los bienes del planeta.
Pero el enorme influjo de Davos y sus estrellas se desvanece con el cataclismo de la gran recesión de 2009. Como resultado de la globalización, las reglas existentes benefician mas a aquellas naciones y personas que ostentan el mando económico. Si reconocemos este poder de los poderosos, entonces debemos atribuirles una responsabilidad mas que proporcional en la naturaleza de la sociedad que construyen y en las reglas que establecen para su gobernanza. Según Naciones Unidas en el mundo de hoy existe menos igualdad que hace diez años a pesar de los sustanciales progresos económicos registrados en la mayoría de regiones . Y en Occidente, han sido el estado-nación y el contribuyente de a pie quienes han salvado a bancos y empresas lideradas por “Davos Men” de la destrucción total.
Davos es mas y menos de lo que debería ser: menos cuando deja sin resolver los graves conflictos de la agenda global, y mas cuando se convierte en un frívolo bazar de vanidades, que solo busca airear el narcisismo de su diferencia.
Al contemplar la desnudez actual de la “especie-Davos”, recordamos con Abraham Lincoln que “todos podemos soportar en alguna medida la adversidad, pero para poner a prueba el autentico carácter de un hombre basta con conferirle poder.
Manfred Nolte
La asamblea del “Foro Económico Mundial” transforma cada año la apacible estación de esquí alpina de Davos-Klosters en una feria cosmopolita guarnecida por una armada de efectivos policiales que dan escolta a la flor y crema de la plutocracia del planeta.
Los participantes proceden en su mitad del mundo empresarial, representado por sus máximos ejecutivos –uno por Compañía- de la industria, el consumo o las finanzas. Junto a ellos jefes de gobierno, ministros, lideres de las ONGs y del ámbito sindical, superiores de comunidades de fe, iconos culturales y del deporte, académicos, afamados directivos de “Think Tanks”, premios Nóbel, editores , estrellas del rock, columnistas de caché .
Davos responde a una opulencia estructurada, aunque no solo de billonarios. Hasta aquellos que comparecen en nombre de la sociedad civil, de la Universidad o de las artes tienen que poseer influencia y prestigio, un pedigrí de excepción. Todos son brillantes, dinámicos y creativos. También son afortunados y son conscientes de ello. Solo el dinero no es la clave de su felicidad pero coinciden con Woody Allen en que “el dinero siempre es mejor que la pobreza aunque solo sea por razones financieras”. Cada participante está allí por su habilidad para influir en las vidas de millones de personas .
El tema propuesto por Schwab para la convención de 2010 es: “Mejorar el estado del mundo: repensar, rediseñar, reconstruir”. En una cosa ha acertado. No es que el sistema deba reiniciarse: tenemos un sistema obsoleto que precisa ser rediseñado.
Todo eso suena bien y las conclusiones teóricas que se tracen tendrán elementos aprovechables. Davos ha contribuido históricamente a hitos memorables, como la Declaración de 1988 entre Grecia y Turquía evitando un conflicto bélico eminente o el acuerdo sobre Gaza y Jericó de 1995 firmado entre Simon Peres y Yasir Arafat.
Pero ese es el Davos puntual y periférico, del testimonio gráfico o del informe de relumbrón.
“Davos Man”, el “Hombre-Davos”, es otra cosa. Un concepto acuñado por el politólogo Samuel Huntington que describe al ciudadano global, una estirpe con “escasa necesidad de lealtad nacional”, un grupo que “ve complacido la desaparición de las fronteras nacionales y considera a los gobiernos nacionales como vestigios del pasado”. Una idea ingeniosa, una especie de comunismo capitalista, sustituyendo el slogan marxista de “el trabajador carece de patria” por el de “el capitalista transnacional carece de patria”.
Lo esencial de “Davos Man” es preservar su propia identidad. A sus 40 años, “Davos Man” no padece la crisis de la edad intermedia. De hecho carece de edad. En cada convocatoria se está o no se está. Los banqueros de inversiones USA no asistirán a la cita de este año. No les toca estar en el club.
Los Hombres-Davos son poco mas del millar entre los casi siete mil millones de pobladores de la Tierra. En el “Resort” alpino manifiestan, sin hacer uso de la palabra, como se obtiene el éxito y como se acumulan la influencia y el poder. Se establecen, a través de un sonriente consenso, las pautas universales de los defectos tolerables o inaceptables de quienes están en la cima. De forma natural se ratifica una meritocracia derivada de la ética weberiana, donde el poder es visto como algo que proviene paritariamente del destino y de la lucha aguerrida por la propiedad de los bienes del planeta.
Pero el enorme influjo de Davos y sus estrellas se desvanece con el cataclismo de la gran recesión de 2009. Como resultado de la globalización, las reglas existentes benefician mas a aquellas naciones y personas que ostentan el mando económico. Si reconocemos este poder de los poderosos, entonces debemos atribuirles una responsabilidad mas que proporcional en la naturaleza de la sociedad que construyen y en las reglas que establecen para su gobernanza. Según Naciones Unidas en el mundo de hoy existe menos igualdad que hace diez años a pesar de los sustanciales progresos económicos registrados en la mayoría de regiones . Y en Occidente, han sido el estado-nación y el contribuyente de a pie quienes han salvado a bancos y empresas lideradas por “Davos Men” de la destrucción total.
Davos es mas y menos de lo que debería ser: menos cuando deja sin resolver los graves conflictos de la agenda global, y mas cuando se convierte en un frívolo bazar de vanidades, que solo busca airear el narcisismo de su diferencia.
Al contemplar la desnudez actual de la “especie-Davos”, recordamos con Abraham Lincoln que “todos podemos soportar en alguna medida la adversidad, pero para poner a prueba el autentico carácter de un hombre basta con conferirle poder.
domingo, 17 de enero de 2010
Cuando baja la marea. (El Correo 17.01.10)
Cuando baja la marea.
Manfred Nolte
La memoria, uno de los atributos mas nobles y útiles de la inteligencia, está ahí para proporcionar perspectiva a las acciones presentes y restablecer el equilibrio de las pasadas. La memoria, si algo puede, es resistir al doble chantaje de la mentira y de la prisa.
Junto a la memoria individual, surge la colectiva cuya función es surtir a los diversos agregados sociales de un poderosísimo baremo para evaluar los hechos históricos e instaurar en el presente las pautas correctas del futuro.
Dicho lo cual y aplicado al ámbito de la economía, surge inevitablemente la pregunta de por qué ni los académicos ni los gobernantes han podido tirar con fortuna del recuerdo histórico y encender a tiempo las alarmas para prevenir una crisis devastadora, siendo, como es, notoria la prevalencia cíclica y recurrente de esta plaga comunitaria.
Las crisis se han asociado histórica y conceptualmente a la mera evolución del capitalismo, calificándolas de endémicas al sistema de libre mercado, pero, a pesar de su contrastada periodicidad , el instante de su irrupción, la forma y la procedencia seguirán eludiendo cualquier pronóstico medianamente aceptable. Esa es quizá la definición mas certera de una crisis. “Lo inevitable casi nunca sucede, pero sí lo impredictible”, según Keynes.
Símbolos totémicos de esta ineptitud son el Presidente de la Reserva Federal americana Alan Greenspan y su sucesor Leo Bernake. La tétrica profesión de impotencia realizada por el primero al confesar que “todo mi edificio mental acerca de la eficacia de los mercados se ha desplomado” es irrepetible. Tampoco desmerece en patetismo la promesa fallida de Bernake a Milton Friedman en 2002: “En cuanto a la gran depresión… gracias a Vd. no volverá a suceder”. O el vaticinio de 2005 según el cual: “No esperamos que el mercado subprime afecte de forma significativa al resto de la economía”.
En resumen, para esta segmento de opinión, la crisis post 2007 es “un suceso natural”,un shock exógeno que no pudo ser anticipado.
La acción política emprendida en los cuatro últimos semestres ha sido coherente. Sin las lecciones aprendidas de la gran depresión de 1929, y demás crisis recientes, la recesión actual podría haber transcurrido por derroteros aun mas sombríos.
Ello no quita para que esta posea algunos rasgos diferenciales que aportar al acervo memorístico futuro.
En primer lugar la banalización del riesgo acometida con anterioridad a 2008. El riesgo es un sentimiento que claudica gradualmente a la dinámica del hábito. Al racionalizarse como consecuencia de un siniestro tiende a la sobrereacción, el mercado de vuelve unidireccional y los precios se desploman. Esta crisis de los bancos sobre los bancos procede de la actividad de un vasto colectivo gremial que ha convertido el riesgo incontrolado y su cesión temeraria a terceros en el corazón de su profesión y también de sus emolumentos. Cuando la tolerancia al riesgo se desvanece, la crisis estalla.
Es vital, por tanto, que se acometa una profunda reforma financiera de la que solamente existen a la fecha unos tímidos apuntes. Sin reforma no hay ninguna razón para pensar que el sistema financiero no reincida en productos de nulo valor social y alto grado de opacidad que comprometan nuevamente al mercado con sus amargas secuelas sistémicas.
En segundo lugar hay que aludir a la inconsistencia de un modelo de crecimiento basado en el endeudamiento desmesurado. Cuando el ratio de deuda a PIB se duplica o se triplica, la cuota de ingresos futuros que se consume en el presente también se duplica o se triplica. Ello implica necesariamente que se dispondrá de menor renta para gastar el día de mañana, obstáculo que solo puede superarse con niveles adicionales y crecientes de endeudamiento, un “Ponzi” arquetípico ingeniado por las economías domesticas.
La sobrereacción a esta conducta es igualmente nefasta. La ley del péndulo conduce a las familias a incrementar el ahorro hasta niveles nocivos para la demanda agregada. La supervisión debe considerar el nivel de endeudamiento privado y señalar pautas prescriptivas de comportamiento.
Warren Buffet apunta irónicamente que “solo cuando baja la marea sabemos quien nadaba desnudo”. El consenso económico ortodoxo que ha inspirado a occidente durante décadas se ha roto. La crisis, al aminorarse, sorprende en su desnudez a un “homo economicus” furtivo y vacilante aferrado a una obsoleta “burbuja de conocimiento”.
Hace falta una nueva cultura que reconozca que los mercados no se corrigen solos y que, sin un adecuado ordenamiento, encubren la estela de la corrupción y del caos. Y que cobran sentido cuando se conforman eficazmente para promover el interés mayoritario sobre la conveniencia de unos pocos.
Manfred Nolte
La memoria, uno de los atributos mas nobles y útiles de la inteligencia, está ahí para proporcionar perspectiva a las acciones presentes y restablecer el equilibrio de las pasadas. La memoria, si algo puede, es resistir al doble chantaje de la mentira y de la prisa.
Junto a la memoria individual, surge la colectiva cuya función es surtir a los diversos agregados sociales de un poderosísimo baremo para evaluar los hechos históricos e instaurar en el presente las pautas correctas del futuro.
Dicho lo cual y aplicado al ámbito de la economía, surge inevitablemente la pregunta de por qué ni los académicos ni los gobernantes han podido tirar con fortuna del recuerdo histórico y encender a tiempo las alarmas para prevenir una crisis devastadora, siendo, como es, notoria la prevalencia cíclica y recurrente de esta plaga comunitaria.
Las crisis se han asociado histórica y conceptualmente a la mera evolución del capitalismo, calificándolas de endémicas al sistema de libre mercado, pero, a pesar de su contrastada periodicidad , el instante de su irrupción, la forma y la procedencia seguirán eludiendo cualquier pronóstico medianamente aceptable. Esa es quizá la definición mas certera de una crisis. “Lo inevitable casi nunca sucede, pero sí lo impredictible”, según Keynes.
Símbolos totémicos de esta ineptitud son el Presidente de la Reserva Federal americana Alan Greenspan y su sucesor Leo Bernake. La tétrica profesión de impotencia realizada por el primero al confesar que “todo mi edificio mental acerca de la eficacia de los mercados se ha desplomado” es irrepetible. Tampoco desmerece en patetismo la promesa fallida de Bernake a Milton Friedman en 2002: “En cuanto a la gran depresión… gracias a Vd. no volverá a suceder”. O el vaticinio de 2005 según el cual: “No esperamos que el mercado subprime afecte de forma significativa al resto de la economía”.
En resumen, para esta segmento de opinión, la crisis post 2007 es “un suceso natural”,un shock exógeno que no pudo ser anticipado.
La acción política emprendida en los cuatro últimos semestres ha sido coherente. Sin las lecciones aprendidas de la gran depresión de 1929, y demás crisis recientes, la recesión actual podría haber transcurrido por derroteros aun mas sombríos.
Ello no quita para que esta posea algunos rasgos diferenciales que aportar al acervo memorístico futuro.
En primer lugar la banalización del riesgo acometida con anterioridad a 2008. El riesgo es un sentimiento que claudica gradualmente a la dinámica del hábito. Al racionalizarse como consecuencia de un siniestro tiende a la sobrereacción, el mercado de vuelve unidireccional y los precios se desploman. Esta crisis de los bancos sobre los bancos procede de la actividad de un vasto colectivo gremial que ha convertido el riesgo incontrolado y su cesión temeraria a terceros en el corazón de su profesión y también de sus emolumentos. Cuando la tolerancia al riesgo se desvanece, la crisis estalla.
Es vital, por tanto, que se acometa una profunda reforma financiera de la que solamente existen a la fecha unos tímidos apuntes. Sin reforma no hay ninguna razón para pensar que el sistema financiero no reincida en productos de nulo valor social y alto grado de opacidad que comprometan nuevamente al mercado con sus amargas secuelas sistémicas.
En segundo lugar hay que aludir a la inconsistencia de un modelo de crecimiento basado en el endeudamiento desmesurado. Cuando el ratio de deuda a PIB se duplica o se triplica, la cuota de ingresos futuros que se consume en el presente también se duplica o se triplica. Ello implica necesariamente que se dispondrá de menor renta para gastar el día de mañana, obstáculo que solo puede superarse con niveles adicionales y crecientes de endeudamiento, un “Ponzi” arquetípico ingeniado por las economías domesticas.
La sobrereacción a esta conducta es igualmente nefasta. La ley del péndulo conduce a las familias a incrementar el ahorro hasta niveles nocivos para la demanda agregada. La supervisión debe considerar el nivel de endeudamiento privado y señalar pautas prescriptivas de comportamiento.
Warren Buffet apunta irónicamente que “solo cuando baja la marea sabemos quien nadaba desnudo”. El consenso económico ortodoxo que ha inspirado a occidente durante décadas se ha roto. La crisis, al aminorarse, sorprende en su desnudez a un “homo economicus” furtivo y vacilante aferrado a una obsoleta “burbuja de conocimiento”.
Hace falta una nueva cultura que reconozca que los mercados no se corrigen solos y que, sin un adecuado ordenamiento, encubren la estela de la corrupción y del caos. Y que cobran sentido cuando se conforman eficazmente para promover el interés mayoritario sobre la conveniencia de unos pocos.
sábado, 2 de enero de 2010
Avatar pobre. (El Correo 02.01.10)
Avatar pobre.
Manfred Nolte
“Avatar”, el último filme de James Cameron gira en torno a una idea emotiva y ocurrente. La posibilidad de que la mente humana se transfiera a un cuerpo clónico de otra especie intergaláctica, la “Na’Vi” de Pandora, la quinta luna del planeta Polifemo, posibilitando así la asimilación de su cultura.
“Avatar” es un canto de tenues raíces panteístas que despierta en el espectador la solidaridad con la naturaleza y sus moradores de tez azulada, cuando estos son asediados por una infame organización terrícola para apoderarse del mayor yacimiento conocido de “unobtanium”, un superconductor de elevadísimo precio, ubicado en el epicentro social del territorio “Na’Vi”. Jake, un ex marine minusválido, asumirá la misión de espionaje. A partir de ahí cada secuencia es un reto y todo resulta imprevisible.
Un excelente ejercicio de sensibilización consistiría en que nosotros, los habitantes del occidente opulento y desarrollado, por mucho que nos hallemos transitoriamente sometidos a las represalias de una crisis sistémica y conceptual, nos acopláramos en las sofisticadas máquinas mutantes diseñadas por el cineasta canadiense, transportando nuestras mentes a la estructura corpórea de un “Avatar”, viajando a cualquier núcleo de indigencia en el hemisferio sur.
La gran traba para vencer la pobreza mundial, reside no tanto en la solidaridad insuficiente del Norte, dicho sea en su descargo, sino en una razón previa: la inexistencia de una percepción diáfana y sentida de lo que ocurre en otras latitudes y lugares. No sabemos ni conocemos con el saber y conocimiento iluminado de la evidencia, algo que nuestro “Avatar ” alcanzaría con absoluta obviedad.
El Banco Mundial establece un umbral de ingresos de 1,25 dólares/día como indicador de la extrema necesidad que afectaba a 1400 millones de personas en 2005. Si la línea se traza en dos dólares/día la cifra aumenta hasta los 2000 millones. Tres mil millones, la mitad del planeta, sobrevivirían con menos de 2,5 dólares/día, 912 dólares al año. Estas son las referencias dinerarias de la pobreza abismal.
Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en su formulación inicial persiguen reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de seres humanos que viven en la miseria total. El organismo internacional señala que la tasa de 1,25 dólares/día disminuyó del 52% de la población de los países en desarrollo en 1981 al 25% en 2005, recogiéndose el mayor éxito en Asia Oriental, desde el 78% al 17%, a cambio de ninguna reducción en el África subsahariana. Otras fuentes apuntan a resultados mas desalentadores. Naciones Unidas ha adelantado que la crisis de 2009 arrojará a cincuenta millones de personas adicionales al foso de la desolación.
Nuestro “Avatar” experimentaría sobre el terreno que la pobreza es hambre, contraer la malaria sin posibilidad de acudir a un médico, o convivir con el SIDA sin medios para su tratamiento, o extinguirse lentamente por una hemorragia en la sala de espera de un hospital antes de dar a luz. Asumir que nunca se aprenderá a leer y escribir, carecer de un puesto de trabajo, sentir miedo librando cada día la batalla por la supervivencia. Presenciar la muerte de un niño por beber agua contaminada, la única disponible, padecer catástrofes ecológicas, guerras y corrupción, desesperación e impotencia.
Mas allá de ese escenario caótico se alza un umbral supletorio de dignidad, tantas veces reclamado por Amartya Sen, para quien el bienestar mínimo se edifica sobre un “índice de capacidades básicas” con el que las personas puedan desarrollarse en sociedad. La miseria brota cuando faltan esas “capacidades básicas” y los individuos carecen además de los recursos materiales elementales, de unos derechos primordiales que ejercer o libertades mínimas que practicar. Visto de esta manera la pobreza es un fenómeno multidimensional mucho más complejo cuya superación nos aleja de remedios automáticos.
“Avatar” nos revelaría que la penuria tiránica de la que es testigo, es una situación de la que los afectados intentan huir desesperadamente y que ello representa una llamada a la acción para ambos, occidente y el sur. Pero ninguna maniobra es posible sin el requisito previo de la sensibilización. Cuando la mente de Jake regrese a la lanzadera, hallaremos un humano transformado dispuesto a luchar por lo mejor.
Afortunadamente la sociedad civil ha producido ya centenares de miles de “Avatares” identificados con la sórdida realidad de los más débiles.
Buscando formas para devolverles la esperanza y así evocar al poeta bengalí Kazi Nazrul: “¡Pobreza! me has acariciado con tus espinas. A ti te debo mis ojos desnudos para verlo todo. Tu azote ha convertido mi violín en instrumento de victoria”.
Manfred Nolte
“Avatar”, el último filme de James Cameron gira en torno a una idea emotiva y ocurrente. La posibilidad de que la mente humana se transfiera a un cuerpo clónico de otra especie intergaláctica, la “Na’Vi” de Pandora, la quinta luna del planeta Polifemo, posibilitando así la asimilación de su cultura.
“Avatar” es un canto de tenues raíces panteístas que despierta en el espectador la solidaridad con la naturaleza y sus moradores de tez azulada, cuando estos son asediados por una infame organización terrícola para apoderarse del mayor yacimiento conocido de “unobtanium”, un superconductor de elevadísimo precio, ubicado en el epicentro social del territorio “Na’Vi”. Jake, un ex marine minusválido, asumirá la misión de espionaje. A partir de ahí cada secuencia es un reto y todo resulta imprevisible.
Un excelente ejercicio de sensibilización consistiría en que nosotros, los habitantes del occidente opulento y desarrollado, por mucho que nos hallemos transitoriamente sometidos a las represalias de una crisis sistémica y conceptual, nos acopláramos en las sofisticadas máquinas mutantes diseñadas por el cineasta canadiense, transportando nuestras mentes a la estructura corpórea de un “Avatar”, viajando a cualquier núcleo de indigencia en el hemisferio sur.
La gran traba para vencer la pobreza mundial, reside no tanto en la solidaridad insuficiente del Norte, dicho sea en su descargo, sino en una razón previa: la inexistencia de una percepción diáfana y sentida de lo que ocurre en otras latitudes y lugares. No sabemos ni conocemos con el saber y conocimiento iluminado de la evidencia, algo que nuestro “Avatar ” alcanzaría con absoluta obviedad.
El Banco Mundial establece un umbral de ingresos de 1,25 dólares/día como indicador de la extrema necesidad que afectaba a 1400 millones de personas en 2005. Si la línea se traza en dos dólares/día la cifra aumenta hasta los 2000 millones. Tres mil millones, la mitad del planeta, sobrevivirían con menos de 2,5 dólares/día, 912 dólares al año. Estas son las referencias dinerarias de la pobreza abismal.
Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en su formulación inicial persiguen reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de seres humanos que viven en la miseria total. El organismo internacional señala que la tasa de 1,25 dólares/día disminuyó del 52% de la población de los países en desarrollo en 1981 al 25% en 2005, recogiéndose el mayor éxito en Asia Oriental, desde el 78% al 17%, a cambio de ninguna reducción en el África subsahariana. Otras fuentes apuntan a resultados mas desalentadores. Naciones Unidas ha adelantado que la crisis de 2009 arrojará a cincuenta millones de personas adicionales al foso de la desolación.
Nuestro “Avatar” experimentaría sobre el terreno que la pobreza es hambre, contraer la malaria sin posibilidad de acudir a un médico, o convivir con el SIDA sin medios para su tratamiento, o extinguirse lentamente por una hemorragia en la sala de espera de un hospital antes de dar a luz. Asumir que nunca se aprenderá a leer y escribir, carecer de un puesto de trabajo, sentir miedo librando cada día la batalla por la supervivencia. Presenciar la muerte de un niño por beber agua contaminada, la única disponible, padecer catástrofes ecológicas, guerras y corrupción, desesperación e impotencia.
Mas allá de ese escenario caótico se alza un umbral supletorio de dignidad, tantas veces reclamado por Amartya Sen, para quien el bienestar mínimo se edifica sobre un “índice de capacidades básicas” con el que las personas puedan desarrollarse en sociedad. La miseria brota cuando faltan esas “capacidades básicas” y los individuos carecen además de los recursos materiales elementales, de unos derechos primordiales que ejercer o libertades mínimas que practicar. Visto de esta manera la pobreza es un fenómeno multidimensional mucho más complejo cuya superación nos aleja de remedios automáticos.
“Avatar” nos revelaría que la penuria tiránica de la que es testigo, es una situación de la que los afectados intentan huir desesperadamente y que ello representa una llamada a la acción para ambos, occidente y el sur. Pero ninguna maniobra es posible sin el requisito previo de la sensibilización. Cuando la mente de Jake regrese a la lanzadera, hallaremos un humano transformado dispuesto a luchar por lo mejor.
Afortunadamente la sociedad civil ha producido ya centenares de miles de “Avatares” identificados con la sórdida realidad de los más débiles.
Buscando formas para devolverles la esperanza y así evocar al poeta bengalí Kazi Nazrul: “¡Pobreza! me has acariciado con tus espinas. A ti te debo mis ojos desnudos para verlo todo. Tu azote ha convertido mi violín en instrumento de victoria”.
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