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domingo, 9 de mayo de 2010

Trece banqueros. (El Correo 09.05.10)

Trece Banqueros.

Manfred Nolte

El viernes 27 de marzo de 2009, trece banqueros, los máximos ejecutivos de trece de las Instituciones financieras mas poderosas de Estados Unidos fueron citados en la ‘Casa Blanca’ para entrevistarse con Barack Obama. “Ayúdenme a ayudarles” –les urgió el Presidente-, “estamos en el mismo barco”.

Transcurrido algo mas de un año , suena intacto el desconcertante eco de aquella convocatoria. ¿Cómo pudo el gobernante mas poderoso del Planeta adoptar un lenguaje tan pusilánime y defensivo?

De una parte, el Presidente, tras la evidencia de los estragos sistémicos, había ordenado el rescate financiero mas colosal y generoso de todos los tiempos. Paralelamente, el colapso de entidades tales como Lehman Brothers, Bear Stearns, Washington Mutual o Wachovia ,la absorción de Merril Lynch o la nacionalización del gigante asegurador AIG, no invitaba a la profesión a maniobras insolidarias.

La prodigalidad gubernamental, unida al natural pánico desatado por las bajas en varias de las principales marcas bancarias mundiales ¿no debería haber despertado en el sector una reacción incondicional de adhesión?

‘Trece banqueros’, el ‘best seller’ de Simon Johnson y James Kwak (2010) que da título a este artículo desvela algunas claves de la hermética resistencia ejercida por los banqueros americanos frente a la reforma de su marco regulador.

Johnson y Kwak analizan minuciosamente el cordón umbilical que une el perímetro de Wall Street con las carreras políticas de los congresistas. El coste electoral de un escaño en la Cámara de representantes en Estados Unidos se estimaba en 1,25 millones de dólares en 2006. El Sector financiero USA ha jugado desde siempre un papel central en su financiación: 34 millones de dólares en 2010. El Senador Richard Durbin no vacila en señalar que “Los bancos son los dueños del Capitolio”. Es duro morder la mano que te alimenta.

Pero mucho mas duro aun resulta romper el colonizaje cultural. La ‘ideología’ de Wall Street. La que sostiene que una innovación sin trabas y unos mercados financieros desregulados son productivos para America y para los demás, que lo que es ventajoso para el gremio financiero lo es también para las sociedad. Una clase política que cree a pies juntillas que America y el mundo necesitan Bancos tan mastodónticos como sofisticados, orientados al riesgo, en permanente actitud de innovación y altamente rentables. No en vano un buen número de Banqueros de Inversión ostentan posiciones de privilegio en la ‘Casa Blanca’, en el ‘Departamento del Tesoro’ y otros centros de influencia pública.

Esa captura intelectual se extiende a los reguladores. Ello no implica que sean corruptos o que actúen en beneficio propio. Pero en cuanto que los banqueros ganan poder e influencia en Washington, su ideario se convierte en la ortodoxia gubernamental. El muro establecido por el blindaje combinado de dinero e ideología resulta sencillamente inexpugnable.

Es la misericordia del perdedor: Obama debía recurrir a una lenta maduración de las voluntades para quebrar el granítico blindaje mental de Wall Street.

Así se ha venido desarrollando la frágil iniciativa de reforma del sistema financiero americano.

Ha sido necesario que estallase una cadena de escándalos, posiblemente la punta de un inmenso iceberg, en los que se entremezclan conductas inequívocamente inmorales y presumiblemente fraudulentas para que Wall Street haya desatado el clamor popular.

Casualmente, en las últimas semanas hemos tenido acceso fortuito a alguna de las cámaras de los horrores financieros: Malabarismos contables destinados a encubrir la verdadera cuantía del riesgo exterior de países en crisis, como Grecia y otros más. Comercialización de instrumentos financieros -‘Abacus’ o ‘Hudson Mezzanine’- sin advertir a sus compradores de estar específicamente diseñados para apostar en su contra. Testimonios de agencias de rating confesando haber flaqueado en el rigor de sus valoraciones. La industria financiera filmada en pleno timo.

Puede incluso que se aborden las correspondientes acciones penales. Pero lo sustantivo de este tipo de conductas es que ratifican a una buena parte del sistema bancario como un casino donde la orgía de la innovación ha servido de coartada a la codicia infame de unos iluminados que han provocado la ruina social.

Ya no es una cuestión de finanzas o economía. En ultima instancia es materia de salvaguarda política. De si el cerco impasible trazado por los distintos ‘Wall Streets’ del planeta en torno al concepto de democracia, puede detenerse y revertirse.

La sociedad reclama una reforma financiera coordinada que garantice que crisis como la actual no vuelvan a repetirse. Mientras tanto contempla atónita a Loyd Blankfein, máximo responsable de Goldman Sachs, entidad a quien el Senado americano acusa de defraudar a sus clientes, cuando aclara a un periodista: “Soy un simple banquero haciendo el trabajo de Dios”.

domingo, 25 de abril de 2010

Crisis Global y ODM. (El Correo 25.04.10)

Crisis Global y Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Manfred Nolte

2015 fue la fecha objetivo marcada hace 10 años por los gobiernos del Planeta en la llamada ‘Cumbre del Milenio’ de Naciones Unidas, para reducir a la mitad la pobreza de los países mas necesitados. Desde la atalaya de la nueva década, las perspectivas no lucen excesivamente halagüeñas.

Casualmente, los países en desarrollo no están en la raíz de la crisis global aunque sean los que más sufren sus calamitosas consecuencias.

El efecto contagio de Occidente se ha producido a través de mecanismos bien conocidos como el retraimiento de la demanda internacional, el recorte y repatriación de las inversiones privadas de las empresas transnacionales, la reducción de las remesas de los emigrantes, el sesgo involutivo de los tipos de cambio, las pautas de los precios en las materias primas y el resurgimiento de un proteccionismo de bata blanca, cuya autoría y paternidad nadie parece irrogarse a pesar de haber sido públicamente denunciado ante sucesivas reuniones del G20, renovando la vieja esquizofrenia existente entre lo que predican los gobernantes y su forma concreta de actuar.

Más en el trasfondo se ubica una globalización sin alma que ha exportado de sus cloacas lo peor de su repertorio: la expansión de determinadas prácticas artificiales, opacas, sin valor añadido social dentro del sector financiero, la implosión de las burbujas especulativas, la infamia desatada de quienes han distribuido impasiblemente artefactos paquetizados de carga retardada, la desregulación, el desprecio al control debido y la ausencia de herramientas de gobernanza pública adecuada.

Como ha señalado un informe de marzo pasado del Parlamento Europeo, la crisis ha azotado en oleadas sucesivas a los países ricos y a los emergentes. Ahora la ‘tercera ola’ ha alcanzado a los países en desarrollo. En este caso la ola amenaza convertirse en un ‘tsunami’.

El crecimiento de países emergentes y en desarrollo durante 2009 supuso un cuarto del de 2007 y un tercio del de 2008. El número de parados en las áreas urbanas se ha disparado creando vastos flujos migratorios que se agregan a los derivados del cambio climático.

Es notorio que el volumen del comercio mundial ha caído un 10% el ejercicio pasado. A esa tasa ha contribuido el desplome del comercio africano del 17% frente al crecimiento del 11% registrado en 2008. Todo ello está llevando a un rápido deterioro de las balanzas por cuenta corriente del área, con las graves consecuencias que ello acarrea para su capacidad de endeudamiento ulterior.

A tenor de los testimonios del Banco Mundial, o de los recogidos en la Declaración de la ‘Cumbre mundial para la seguridad alimentaria’ de noviembre de 2009, aproximadamente 100 millones de personas se han agregado al ‘Club de la Miseria’, el compuesto por mil millones de personas de todo el mundo que viven en extrema pobreza. Entre 30.000 y 50.000 niños morirán anualmente en el África Subsahariana. Se rebajarán las asignaciones internacionales para la educación primaria, la reducción de la mortandad infantil, la mejora de las condiciones de maternidad, el combate de las enfermedades endémicas, la sostenibilidad medioambiental o la creación de infraestructuras, los ocho ejes de los ‘Objetivos de desarrollo del milenio’.

No deja de escandalizar que del paquete global de ayudas públicas, planes de estímulos fiscales y medidas de liquidez generalizadas , la proporción de reparto haya sido de 20 a 1, representando 1 la cuota del Cono sur. Del total de préstamos del FMI activados por las sucesivas conferencias del ‘G20’ solo el 1,6% ha ido a parar a África y de los 250 millardos de dólares de la nueva asignación de ‘Derechos especiales de Giro’ únicamente 15 han tenido como destino el continente africano. Adicionalmente, estos préstamos acrecentarán el endeudamiento de países ya estructuralmente deficitarios y empobrecidos.

Resulta patente que no se han observado los compromisos tantas veces proclamados en conferencias internacionales como las celebradas en Nueva York, Accra, Monterrey o Doha y en particular los recogidos en las Declaraciones del G20 de Washington, Londres y Pittsburgh o el del G8 en L’Aquila.

Naciones Unidas celebra en Setiembre de este mismo año una nueva Cumbre con el objetivo primario de evaluar qué decisiones estratégicas permitirán “acelerar el progreso hacia el logro de los Objetivos de desarrollo del Milenio en 2015”.

La asamblea llega en una coyuntura crítica para la comunidad internacional. Se trata de la última oportunidad.

Una de las máximas de ‘Oceanía’, el superestado de ficción de George Orwell en ‘1984’ sostenía que “la ignorancia es fortaleza”. Tan decadente eslogan no debiera tener aplicación a nuestro caso. Donde no cabe invocar la ignorancia, solo queda una firme acción política y cumplir la promesa realizada.

domingo, 11 de abril de 2010

Juicio al Yuan. (El Correo 11.04.10)

Juicio al Yuan.

Manfred Nolte

En 1957, el lanzamiento por parte de Rusia del primer satélite espacial – el ‘Spútnik’- conmovió a occidente. La percepción de que la Unión Soviética hubiera superado al gigante americano en la carrera tecnológica, forzó en este una reacción competitiva y sembró la semilla del ulterior proceso de entendimiento científico entre ambas naciones.

Con resonancias semejantes, China se ha erigido súbitamente en una superpotencia económica global, aunque siga conviviendo con gigantescas bolsas de injusticia y pobreza. Ocupa el segundo lugar en el ranking de exportación y de Producto mundial. Genera, con diferencia, el mayor superávit por cuenta corriente y lidera el nivel de reservas del planeta: 2,4 billones de dólares.

En este contexto, la intervención del yuan –o renminbi-, la moneda china, ha suscitado una violenta reacción en Estados Unidos que amenaza convertirse en una confrontación de calado entre Washington y Pekín.

130 congresistas USA tachan a China de ‘País manipulador’ urgiendo represalias compensadoras. Paul Krugman califica las políticas comercial y cambiaria del gigante asiático de “depredadoras” imputándolas “durante los dos próximos años una reducción del empleo estadounidense del orden de 1,4 millones de puestos de trabajo”.

Es notorio que China interviene diaria y masivamente su moneda, al cambio fijo de 6,83 yuanes por dólar estadounidense. Mediante esta conducta el gobierno comunista contiene los precios de los bienes y factores de producción domésticos a niveles imbatibles por la competencia internacional, subsidia sus exportaciones, penaliza sus importaciones y garantiza el superávit comercial y la consiguiente acumulación de reservas exteriores.

Con todo, el tema dista de estar listo para sentencia.

Para empezar, las críticas habituales se refieren al ‘tipo bilateral’ yuan/dólar cuando el verdadero valor de la divisa amarilla se esconde detrás del ‘tipo de cambio efectivo’, concepto que incluye de forma ponderada al resto de monedas. Mientras aquel ha permanecido invariable desde 2008, este último se ha apreciado en valores cercanos al 20% en dicho periodo.

Aunque resultaría necio negar la infravaloración del yuan, parece improbable la cuantía que se denuncia, del orden del 40% de su valor nominal.

Además el concepto de ‘manipulación’ es confuso: todos los gobiernos adoptan acciones que afectan directa o indirectamente al tipo de cambio. Déficits desaprensivos producen una divisa débil, al igual que lo condiciona una plataforma de tipos de interés bajos. Hasta la crisis griega Estados Unidos se ha beneficiado de un tipo de cambio dólar/euro deslizante. ¿Deberían los europeos haber acusado de ‘manipuladores’ a los americanos?

China actúa como todos los demás.

El proteccionismo USA es flagrante y en su reivindicación late un tufo farisaico. No puede olvidarse el papel que el superávit chino desempeña en la cobertura de su déficit y en su bajo coste de financiación. Adicionalmente, la competencia china ha deflactado los precios de las manufacturas y de los salarios americanos colaborando a la estabilidad de sus precios. Cabe añadir que un alto porcentaje de las exportaciones chinas a Estados Unidos se realiza por multinacionales de capital yanqui.

Este mix de incidencias apuesta nítidamente por huir de la confrontación, ante la que China proclama, llegado el caso, estar preparada.
Estados Unidos precisa de una política comercial multilateral equilibrada, no discriminatoria, en lugar de una confrontación bilateral con China. Son 90 los países con los que Estados Unidos registra déficit comercial. El comercio Chino-americano solo representa un 12 por ciento del total del gigante oriental. El problema neurálgico estadounidense es su tasa de ahorro, no China. America necesita reducir su déficit global e incrementar su tasa de ahorro.

Muy probablemente los responsables comunistas acometerán en breve plazo un doble proceso revaluatorio: un primer ajuste es simplemente ‘nominal’ fijando un tipo central, hipotético, de 6,25 yuanes por dólar.

Adicionalmente debería abordarse una formidable revaluacion ‘real’ en términos de paridad adquisitiva, si el gobierno multiplica tanto el consumo publico como las transferencias y subsidios a las economías domesticas.

Aunque ambas medidas son económicamente diferenciadas persigue resultados finales equivalentes.

Haciéndolo podrán encarar sus retos mas candentes: reducir las desigualdades sociales y elevar el nivel de vida de millones de ciudadanos, cursando de una economía orientada obsesivamente a la exportación, de reservas astronómicas e hipertasas de ahorro hacia un estimulo generalizado del consumo interior.

A nivel planetario los desequilibrios de pagos solo pueden rehacerse incrementando la demanda interna en los países superavitarios y reduciéndola en los deficitarios, con una ajuste simultaneo de los tipos de cambio. Ambos frentes son complementarios y no sustitutivos.

China colaborará previsiblemente en el nuevo equilibrio mundial, pero no porque lo dicte el Congreso americano, sino porque revertirá en interés propio y se abordará de una forma gradual y negociada.

domingo, 28 de marzo de 2010

El fin de la ortodoxia (El Correo 28.03.10)

El fin de la ortodoxia
Manfred Nolte

La historia progresa a base de sublevaciones ideológicas, no necesariamente violentas y siempre germinadas en el suelo de la tenacidad. Entre unas y otras los cambios suelen ser despreciables y la sociedad se deja llevar por la cómoda inercia de la opinión dominante. En economía, las revoluciones ocurren raramente y apenas se dejan traslucir en el horizonte del tiempo. Cuando los errores de ayer se convierten en los proyectos de mañana, entonces todo el mundo se pregunta como se demoró tanto el despliegue de la evidencia.

Pues bien, estamos viviendo una de esas infrecuentes mutaciones.

La llamada ‘Edad de oro del capitalismo mundial’ entre 1940 y 1973 registró unas tasas de crecimiento sustancialmente mayores a las del plazo cumplido desde los años 70 hasta nuestros días.

Aquella coincide con sistemas económicos obligadamente intervencionistas que hicieron del control de cambios, la tutela comercial y la ausencia de paraísos fiscales una plataforma que registró escasas y atenuadas crisis financieras.

El segundo período se caracteriza por una liberalización financiera y comercial creciente coexistiendo con una tupida red de centros de baja fiscalidad donde el crecimiento se reduce y los países se confrontan a crisis de intensidad diversa. Si bien es cierto que correlación no equivale a causalidad, al menos ha quedado probado que un determinado modo de dirigismo de mercado ha sido compatible con una alto crecimiento exento de crisis significativas.

La expresión ‘Consenso de Washington’ es generalmente interpretada como sinónimo de neoliberalismo y globalización. Acuñada por John Williamson en 1989 consiste en una tabla de 10 recetas aplicables al rescate de los países en desarrollo, que las Instituciones de Washington, -FMI, Banco Mundial y Departamento del Tesoro americano-, asumían como canon de oficialidad.

‘Estabiliza, privatiza, liberaliza’ se convirtió en el mantra de una generación de tecnócratas que se encargaron de transmitirla, con mas vehemencia que resultados favorables, a los confundidos prestatarios del sur.

Desde su nacimiento, el Consenso de Washington, dividió a académicos y a expertos de la sociedad civil. Rodrik, Stiglitz, Krugman, Hirschman o Rosenstein entre otros notables, han encabezado la larga lista de economistas, políticos, funcionarios de países pobres y activistas antiglobalización, que vieron en la aplicación del pacto ultraliberal a entornos depauperados una medicina de alta toxicidad con dudosos o negativos resultados finales.

Pero el Consenso de Washington se autoinmola con la llegada de la gran crisis occidental de 2008, con la implantación del gigantesco ‘bail out ’ o rescate de la banca americana y las medidas de estímulo fiscal, sin precedente, que le suceden.

En 2009, al término de la cumbre londinense del G20 Gordon Brown admite que ‘el Consenso de Washington ha muerto’.
La autopsia del Consenso revela dos razones diferenciadas en su agonía y defunción.

La primera es operativa. A través de lo que se ha acuñado como la acción de la ‘incoherencia productiva’, que procede al despido fulminante de la vigente ‘coherencia neoliberal’, Occidente desmantela, uno a uno, los principales postulados del ‘Consenso’: Controles frente a liberalización, nacionalización y ayuda estatal versus privatización, proteccionismo en lugar de libre comercio , déficits exuberantes suplantando a la cautela presupuestaria.

Pero mas importante es, sin duda, la inflexión institucional.

El 19 de febrero de 2010 el FMI publica ‘Reconsiderando la política macroeconómica’ en donde se desarma oficialmente el mito de una inflación hiperreducida. Otro estudio del mismo mes y paternidad, ‘Entradas de capital: El papel de los controles’ reconoce que los controles de cambios no solamente funcionan, sino que ‘evitaron resultados peores’ en lo países que los utilizaron durante la crisis.

Adicionalmente, en su informe ‘Situación Social Mundial’, de enero de este año, el Departamento americano para Asuntos Económicos y Sociales sentencia que ‘el FMI ignora el impacto positivo de la inflación en el empleo y en la posición deudora de las personas pobres’. La estabilización debe redefinirse , 'pudiendo requerir de mayores déficits fiscales y de tasas de inflación superiores a las prescritas por las políticas macroeconómicas convencionales’.

Keynes confesaba que ‘cuando las cosas cambiaban, él también cambiaba’. Otorgar a la herejía rango de ortodoxia implica ausencia de coacciones o ligaduras particulares y mucha generosidad intelectual. Por ello los paradigmas prosperan a trompicones: algunos pasos adelante y otros atrás.

‘Caída libre’, la última obra de Joseph Stiglitz entierra la ortodoxia obsoleta, la del fervor desregulatorio alimentado por el fundamentalismo del libre mercado. Un libro ambicioso que convoca a una nueva sociedad menos materialista y mas inclusiva. Pero para ello el Nóbel americano recuerda las gigantescas reformas pendientes, que, como la financiera, entre otras, nadie parece estar dispuesto a acometer.

domingo, 14 de marzo de 2010

Un lugar en el Universo. (El Correo 14.03.10)

Un lugar en el Universo

Manfred Nolte

El archimillonario Warren Buffet, en una reciente entrevista a la cadena televisiva CNBC, se ha deshecho en elogios hacia el Banco de Inversión Goldman Sachs. “Es un negocio”-ha proferido-“fuerte y muy bien gestionado. Tiene un sitio en el universo”.

La exaltación de la entidad financiera estadounidense se ha producido en medio de una nueva ola de sorpresa e indignación al conocerse que, al hilo del debate sobre los problemas estructurales que aquejan a Grecia, las cifras de su deuda exterior fueron maquilladas en connivencia con el aludido intermediario.

Evidentemente existe un segmento de Banca que ha hecho de la ingeniería financiera y de las múltiples lagunas legales que pueblan el mapa bancario, su nicho de mercado, su ‘sitio en el universo’.

En una reciente investigación llevada a cabo separadamente por el semanario alemán ‘Der Spiegel’ y el rotativo americano ‘The New York Times’ se ha conocido que en 2.001 Goldman Sachs recurrió a la ‘contabilidad creativa’ para ayudar a Grecia a cumplir con los exigentes requisitos de entrada en la zona euro por medio de ‘permutas financieras’ (‘swaps’) estructuradas a ‘tipos ficticios’, en mercados ‘no transparentes’. Grecia rozó el listón, pero logro rebasarlo y formar parte del naciente club del euro. Se estima que los derivados poseían un valor nocional de 15 mil millones de dólares.

Otros países -Italia, Polonia, Bélgica y también el Reino Unido- recurrieron en esa época a derivados para falsificar su nivel real de deuda, y la gama de artilugios financieros pudo abarcar la titulización de ingresos futuros del sector público, el manejo de Instituciones cuyo endeudamiento no computa como deuda soberana, leasing y otros.

También ha trascendido que, en pleno debate sobre la viabilidad europea del país heleno, un grupo de Bancos y ‘Hedge Funds’ han utilizado ‘CDS’, el tipo de derivado que noqueó al gigante asegurador americano AIG, para apostar en favor de la eventualidad de un impago soberano por parte de Grecia, y a su estela en favor del desplome del euro.

Lo frustrante de estas conductas, que la Canciller Merkel ha calificado de ‘escandalosas’ es que, muy probablemente, y a expensas del resultado de las investigaciones oficiales abiertas,“Goldman Sachs ( y resto de operadores de análoga calaña) no hizo nada ilegal y los productos derivados que entraron en la operación están en total conformidad con las reglas y procedimientos permitidos por la ley estadounidense” como reza el comunicado que el propio Banco americano dirigió a la opinión publica.



Pero una cosa es el malabarismo financiero y otra bien distinta circunvalar las normas de Maastricht que discriminaban primero y penalizaban después, a los países incumplidores del ‘Pacto de Estabilidad’. A pesar de no ser seguro que se haya violado la ley, es patente que se ha atropellado el espíritu del Tratado de la Unión Europea y ello debería preocupar seriamente a reguladores y agencias estadísticas.

Esta política de medias verdades y de constante flirteo con la divisoria de la normativa ha enmarcado a gran parte de los productos llamados ‘innovadores’ de la época precrisis y siguen constituyendo una grave amenaza sistémica. Patrick Dillon y Carl Cannon de la Universidad de Pittsburgh acaban de publicar ‘El circulo de la codicia’, un estudio que nos introduce magistralmente en el uso de las lagunas jurídicas, con las que el protagonista realiza una fantástica construcción de ‘procedimientos monstruosos’ y que nos parece aplicable a este sector oscuro de las finanzas.

Hablemos de la recuperación bancaria americana. Con Goldman, un buen número de Bancos ha vuelto a los beneficios, básicamente a través de operaciones especulativas en divisas, materias primas, bolsa o derivados, con ayuda de sus Hedge Funds, Sociedades de capital de riesgo y otros canales de pobre o nula regulación.

¿Fue ese el objetivo del rescate bancario? ¿No se apoyó a la gran banca para que diera préstamos a la ciudadanía? Pero los datos USA y del Banco Central Europeo muestran una inexistente reactivación del crédito. Mientras tanto ¿dónde está la tan traída y llevada reforma bancaria? Una regeneración conceptual en senda de reducción del riesgo, protección del consumidor, incremento de la transparencia y apoyo de los productos de eficiencia social.

Tras esta refinada profesión de pillos y truhanes de casino está en juego la honorabilidad del sistema, si es que ello importa a alguien. Máxime cuando, como advertía La Rochefoucauld: “Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos ante los demás que al final nos disfrazamos ante nosotros mismos”.

Y nada existe más reprobable e irreversible que un malhechor deliberadamente inconsciente, parapetado en los pliegues recónditos y sibilinos de la legalidad.

domingo, 28 de febrero de 2010

Lecciones de la Crisis (El Correo 28.02.10)

Lecciones de la crisis
Manfred Nolte

Al rebufo de la reciente subida del tipo de descuento de la Reserva Federal, que prologa el vacilante final de ‘la mayor crisis financiera de todos los tiempos’, en frase de Alan Greenspan, los académicos se afanan en hacer inventario del desastre y fabricar con los restos del naufragio las nuevas tablas de la ley económica.

En particular tres pilares de la política económica practicada durante las últimas décadas, las de ‘la gran moderación’, ofrecen sus caras alternativas en una didáctica renovadora. La primera se refiere al nivel deseable de la inflación. La segunda concierne al déficit fiscal. La última apunta a la política regulatoria.

Comencemos con la primera. Mantener una tasa de inflación baja y estable constituye el mandato primordial de los bancos centrales. Y ello como resultado del juicio de valor - ‘la divina coincidencia’- de que dicha política procura niveles cercanos al PIB potencial, el máximo Producto posible en ausencia de rigideces nominales en el mercado. Para ello, las autoridades monetarias intervienen los tipos de interés a corto plazo a su discreción.

Congruentemente, cuando la crisis golpea en 2008 y provoca el colapso de la demanda agregada, los Bancos centrales redujeron sus tipos directores hasta umbrales cercanos a cero. Tal vez, de haber podido, los hubieran bajado más. Estimaciones basadas en la llamada “regla de Taylor” –que determina las variaciones deseables de los tipos de interés en respuesta a las desviaciones de los objetivos de inflación y PIB -sugieren que, en Estados Unidos, debieran haberse situado entre 3 y 5 puntos porcentuales por debajo de cero, algo evidentemente inasumible.

Una inflación promedio más elevada acompañada de tipos de interés más altos hubiera permitido un mayor recorte de estos, moderando la caída de producción y empleo y amortiguando el brutal deterioro de las posiciones fiscales.

Una nutrida representación de respetados economistas avala esta tesis. Incluso el Investigador-Jefe del FMI, Olivier Blanchard, ha prestado su voz al selecto coro compuesto por Kenneth Rogoff, Greg Mankiw, Scott Sumner, Paul Krugman, Brad DeLong y otros. Todos ellos sostienen que una inflación más alta hubiera supuesto una red protectora para una economía en caída libre.
No se ignoran los problemas asociados a la inflación. La estabilidad de precios tiene rango de conquista histórica. La inflación es un impuesto distorsionante y a menudo regresivo y asimétrico. Y evidentemente, una vez descontrolada, acarrea efectos devastadores a la sociedad. Pero lo que los expertos sugieren es que la política monetaria almacena resortes anticíclicos mas poderosos en un escenario de inflación controlada, a niveles, por ejemplo, del 5% anual, en lugar de los objetivos actuales que se sitúan en un entorno sensiblemente inferior. Sobre todo cuando uno compara las lastimosas alternativas en términos de déficits públicos que ha sido necesario acometer. Con todo, sería interesante conocer la reacción de Bernanke y no digamos de Trichet a esta provocativa proposición.

La segunda lección enlaza con el párrafo anterior. La crisis nos ha enseñado que es vital restituir a la política fiscal todos sus pertrechos estabilizantes y preventivos. El futuro aboga por presupuestos públicos marcadamente beligerantes, de modo que las épocas de bonanza procuren los necesarios colchones presupuestarios que hagan de su utilización neutralizante en épocas de crisis prolongadas una medicina eficaz, sin incurrir en los gravísimos déficits que los países están en este momento obligados a enjugar.

La tercera y última enseñanza alude a la regulación de las finanzas.

Durante las dos últimas décadas la normativa financiera se orientó exclusivamente a controlar la solidez de las instituciones individuales, mediante requerimientos de capitalización, ignorando sus implicaciones macroeconómicas y sistémicas.

El regulador obviamente no advirtió la falacia del planteamiento. El riesgo financiero del sistema supera la agregación de los riegos de las instituciones individuamente consideradas. Buscando su interés y solvencia particulares, los intermediarios financieros pueden socavar colectivamente el sistema. Este es el salto cualitativo que separa la regulación microprudencial de la macroprudencial. A plena luz del día, un apalancamiento desmesurado y una retahíla de productos bancarios explosivos, consignados ‘fuera de balance’, han sorteado impune y masivamente las endebles trincheras microprudenciales. Un inadecuado perímetro de coordinación política propició después el contagio pandémico.

Una crisis global requiere una respuesta global que evite el arbitraje regulatorio. Son necesarias hondas reformas en la arquitectura financiera internacional, que por el momento solo son borradores timoratos, o, como en Estados Unidos, topan con extenuantes procesos parlamentarios.

Además, deben desmantelarse los productos bancarios de escaso o nulo valor social en la línea preconizada por Volcker. Y en cuanto al ‘riesgo moral’, no queremos Bancos ‘demasiado grandes para quebrar’ sino, simplemente, ‘demasiado aburridos para quebrar’.

domingo, 14 de febrero de 2010

Crisis económica y Universidad eficiente. (El Correo 14.02.10)

Crisis económica y Universidad eficiente.
Manfred Nolte

La economía española vive tiempos convulsos. Se la adscribe al club de los ‘PIGS’, que, como es bien sabido, identifica al sacrificado gremio de proveedores del jabugo. Alternativamente integra el equipo de los seis ‘STUPID’ (Spain, Turkey, UK, Portugal, Italy, Dubai). Para Nouriel Roubini, España constituye ‘la amenaza’. ‘Padece cáncer’ según Xavier Sala-I-Marti. Trichet, Blanchard y Strauss Kahn aluden a sus ‘graves problemas’.

En esta mezcla de acoso, descalificación y denuncia, el núcleo argumental se dirige al elevadísimo nivel del déficit público contraído y al peligro inherente de un impago soberano que ,de rechazo, provocaría un contagio en la eurozona de alcance y consecuencias imprevisibles. A diferencia de Grecia, Irlanda y Portugal, la economía española es demasiado grande en términos absolutos para pasar inadvertida, y su enfermedad irrita a los socios centroeuropeos que durante años la han colmado de fondos estructurales .

El diagnóstico establecido por Krugman es el más verosímil y el más lacerante. No es el descuadre presupuestario -voluminoso pero rehabilitador-el que ha desatado la crítica colectiva sino la desconfianza generalizada en que nuestro sistema productivo sea capaz de absorberlo en un plazo razonable. España sufre las consecuencias de un ‘choque asimétrico’ al pertenecer a una unión monetaria sin integración de los mercados fiscales y laborales arrastrando un sostenido déficit de competitividad del que es difícil evadirse.

La adopción del euro en enero de 1999 repercutió en un saneamiento sin precedentes de la economía española, al rebajarse históricamente los costes de la deuda, los tipos de corto dictados por el Banco Central y la tasa de inflación. Todo ello acompañado de un indisimulado alborozo.

Pero salvada la euforia inicial, y sin el salvavidas de las devaluaciones competitivas, la economía ha mantenido en la última década una pauta uniforme de pérdida de competitividad que es la raíz de sus actuales padecimientos. España encabeza el ‘índice de miseria’ de Moody’s. Los informes de la Fundación Heritage, del Banco Mundial o del Foro de Davos abundan en la descripción de una economía que pierde gradualmente escalones de competitividad en relación a Europa y al mundo, de la mano de un mercado de factores de producción escasamente flexible y un sector público poco eficiente y muy caro.

Occidente está saliendo de la recesión a fuerza de oleadas de intervencionismo estatal. Ha sido bueno y necesario. Pero la impagable contribución del Estado convive con notables ineficiencias en la asignación de sus fondos, que es necesario vencer. Tanto más cuanto que, en una coyuntura deprimida, el fisco poco podrá incrementar la recaudación y deberá exprimir al máximo sus recursos de gasto.

Tirando de este hilo, podemos aventurar algunas conclusiones para nuestro entorno educativo cercano.

Me refiero a un cambio urgente en el paradigma del Sistema Educativo Superior, potencial catapulta, a medio plazo, de conocimiento, I+D, y en definitiva de valor añadido en la cadena productiva.

En el nuevo marco de Bolonia, del ‘Espacio Europeo de Educación Superior’, el caso español arroja resultados sorprendentes. En poco mas de una década, los presupuestos de la Universidad Pública se han más que duplicado. Sin embargo la primera universidad española aparece en los ranking mundiales en el puesto 186.

En la Comunidad Autónoma del País Vasco, se da la notable circunstancia de que el coste por alumno a tiempo completo en la Universidad pública duplica al de las Universidades privadas de iniciativa Social. Lamentablemente, este esfuerzo presupuestario, siempre sufragado con los impuestos del contribuyente, no se ha traducido en resultados de mejora de la calidad, si atendemos al desenlace de la convocatoria de ‘Campus de Excelencia Internacional’, donde únicamente la Universidad de Deusto ha logrado superar la cota de la ‘mención’.

No parece razonable que sucesivos gobiernos autonómicos aireen solemnemente la existencia de un ‘Sistema Universitario Vasco’ –algo que suena a homogéneo y transitivo- y solo dispensen a las privadas, y más eficientes, las migajas que se deslizan de la mesa pública.

La financiación de nuestras Universidades precisa de una profunda reforma sustentada en primar la eficiencia sobre otros cánones de universalidad o fijación de precios políticos, que, por otra parte, tienen una perfecta traslación a la universidad privada .

En general, la actuación pública en materias básicas no solo no puede estar reñida con la eficacia, sino que debe alentarla y exhibirla como enseña de actuación. Después de todo, cuando se subsidia excluyentemente un determinado tipo de producción se crean incentivos para la ineficiencia, al erigir un monopolio al abrigo de la competitividad.

Y lo que hace falta de forma urgente es sentar las bases para iniciar una nueva senda de competitividad sostenida.